Estilo

Todos cometemos errores, la vida es demasiado corta como para aprender a ser perfecto. No se debe temer fallar. Hay que equivocarse; fumar, beber, emborracharse, pelear, leer buenos libros (y también malos), respirar y joder. En fin, de nada sirve morir sin errar, es como no haber vivido. Ningún niño mantiene intacto el juguete que más le gusta, hay que ser como esos guarichos y meter en una urna un cuerpo cansado y sepultarlo bajo una lápida que diga: “Este cuerpo se usó y funcionó, producto 100 % recomendado”. Pero si aún se insiste en querer ser perfecto se debe comer todo lo que sea verde, beber doce vasos de agua al día, usar calcetines del mismo color, abotonarse la camisa, hacer ejercicios hasta el cansancio, seguir todos los consejos del médico, cruzar la calle sobre el rayado, no pisar el césped y dormir 8 horas diarias para llegar a los noventa años y aparentar ochenta. Bien. No me importaría vivir un poco menos. Sólo deseo que mis nietos sepan de como luché y fracasé, y volví a intentar para fracasar aun peor, porque estoy casi seguro de que los fracasos son más interesantes que las victorias.

Cuando estaba pequeño acostumbraba jugar béisbol con mis hermanos. Por aquella época éramos muy unidos y todos los 1ero de enero, en una especie de ritual, veíamos el desfile de Las rosas por televisión y en la tarde salíamos al campito (así llamábamos a un viejo campo de softball que estaba detrás de mi casa). Nunca fui bueno en los deportes, William, mi hermano mayor, sí lo era. Y cuando un equipo lo quería tenían que aceptar a Wilmer, el menor de los tres, y a mí. Wilmer era el pitcher designado y no bateaba mal, a mí me mandaban al right field y casi nunca anotaba. Recuerdo que una vez batearon una línea tan fuerte que Wilmer no pudo esquivarla. Lo golpeó en el estómago, pero él tomó la bola y la lanzó a primera, luego se lanzó al piso y lloriqueó. Al rato se levantó, seguimos jugando como si nada. Perdimos.

En otro primero de enero, batearon una línea que, después de picar, golpeó en el pecho al chico que cubría el righ field. Se lanzó al piso y algunos creyeron que se había desmayado o algo por el estilo. No fue así. El corredor llegó hasta segunda. Perdimos. No recuerdo haber ganado un juego, pero sí que volvíamos a casa encharcados y siempre de noche. No existía esa clase de competitividad. Lo importante era jugar, ganar o perder daba lo mismo.

 

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