Lejos del bien y el mal

Sólo el miedo al castigo o la búsqueda de una recompensa obliga al individuo a hacer lo que comúnmente se entiende como correcto. Las leyes rigen nuestra sociedad, su incumplimiento implica un castigo y la condena consiste en quitar lo más preciado que posee el ser humano; la libertad. Ahora bien, el concepto de libertad está íntimamente ligado al tiempo. Entonces un grupo de hombres son los encargados de determinar cuánto tiempo de libertad se le debe quitar a uno de sus semejantes que infringió la ley; esto se traduce en uno, diez, quince o veinte años, todo depende de la magnitud del daño. La pena máxima consiste en el asesinato del delincuente y pocos países la aprueban, quizás porque, en su inocencia, pensaron que con abolir la pena capital devolvían algo de humanidad a la sociedad. Pues no es así, precisamente la muerte es lo único humano que nos queda.

Un comerciante regresó a su casa después de un largo viaje de negocios, encontró el cadáver de su mujer sobre un costado de la cama. La policía acusó a dos jóvenes de violar y asesinar a la dama, durante el juicio se determinó la culpabilidad y, al poco tiempo, los ejecutaron. Pero él no estaba satisfecho y todos los años iba al cementerio con el único objetivo de orinar sobre las tumbas de los asesinos.

La mayoría de las normas están fundamentadas en lo que se denomina bien común o en costumbres. Sin embargo, algunas ni siquiera respetan los principios de igualdad, equidad o lo que denominamos justicia, pero rigen el comportamiento de los individuos que integran la sociedad.

Un niño pintó las paredes de su casa con crayones de cera.  Su madre lo tomó del brazo y azotó. Entonces el niño entendió que no debía rayar las paredes. El miedo a recibir un castigo moduló su conducta, sin embargo, no fue un acto de razonamiento como tal, él entendió que no debe rayar las paredes porque recibiría un castigo. Más o menos sucede en la sociedad, muchas personas evitan asesinar a otras no por un dilema moral o porque simplemente es un ser vivo y se debe respetar la vida, sino por las posibles consecuencias que acarrearía y lo complejo que resulta asesinar a otro ser humano en igualdad de condiciones. Incluso, se podría ir más allá; la religión básicamente te dice que debes portarte bien porque habrá un Juicio Final y los pecadores arderán en el infierno por toda la eternidad. Sí, lo sé, es un pensamiento lindo; arder en el infierno eternamente por un error en vida.

Al final, el niño no entiende del bien o el mal; para él no es bueno ni malo rayar las paredes. Y si uno se detiene a pensar: ¿qué tiene de malo que los niños pinten con crayones de cera las paredes de sus hogares? ¿ Las paredes dejarán de proteger  a su familia de las inclemencias del clima si el niño las pinta? Quizás eso es lo más hermoso de la infancia; el bien o el mal no existe.

Regresaba del trabajo y recordé que debía comprar unos repuestos y hablar con el mecánico. Tomé la avenida Miranda y me encontré con el dueño del taller, hablamos un rato, y justo cuando salía del local observé el carro de mi esposa en el estacionamiento de un hotel cercano. No quise saber con quién estaba ni qué hacía, sólo manejé de regreso a casa. Al llegar no pensé en lo que vi, sólo me bañé y encendí la televisión. Ella llegó tres horas después, trajo un par de bolsas y un ajetreo que socavó el silencio del apartamento. Entró a la habitación y, sin que yo preguntara, me contó su travesía por el supermercado y otras cosas más. No mencionó la avenida Miranda, el supermercado que nombró queda lejos de la avenida. Luego se bañó y se recostó sobre un costado de la cama. Me pidió que apagara la televisión porque le dolía la cabeza. Obedecí y salí del cuarto. Fui a la sala, me acosté sobre el mueble, encendí el televisor, cerré los ojos y dormí. Soñé que tenía cinco años y pintaba las paredes de la casa de mis padres con crayones de cera; dibujé unicornios, arco iris y una nave espacial. En eso mi mamá llegó, por alguna razón no podía ver su rostro, pero estaba seguro de que tenía el cabello negro, largo y ondulado. Entonces, cuando quise mostrarle mis dibujos, desperté.

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