No todos los negros son de África

—En el mundial de fútbol le apuestan a su país. — Escupió. — Y si son eliminados, le van a Alemania, ni siquiera a Brasil por lo más cerca. No, ellos no. — Bebió un trago de ron. — Igualito pasa con los chinos y los turcos. — Detestaba a los extranjeros, en especial a los italianos (gentes con ascendencia italiana), su antiguo jefe era uno. No los odiaba por ser italianos, sino por vivir y negar esta tierra tal como un niño pobre a su madre ante sus amigos del colegio.

—No, ellos no creen ser venezolanos. Serán de la luna, pero de aquí no son.

—¿Y los chinos? —Pregunté.

—Malditos chinos, nos llaman flojos porque no trabajamos por un plato de arroz. — Y lanzó una piedra a un abasto. La piedra se estrelló contra el asfalto y a trompicones terminó en una zanja del otro lado de la calle.

—¿Y los judíos?

—No, los judíos son trabajadores. Y si vas a publicar no deberías hablar mal de ellos. — Sonrió. —¿Sabes? Dicen que la lectura te vuelve empático, tendría que leer un millón de libros para entender a esas mierdas.

—¿Y los turcos? ¿Los árabes? — No respondió.

Me cuesta lidiar con el fracaso, y como he tenido muchos me cuesta la vida. Pero a él ni siquiera le costaba, la odiaba. Se expresaba bien y podías conversar largo y tendido con él sobre cualquier tema, sin embargo, después de cinco minutos entendías que algo fallaba.

***

Trabajaba en una panadería, los dueños eran de ascendencia italiana y por lo que me contó lo trataban muy mal. El mismo día que renunció se detuvo frente a la parada de buses, encendió un cigarro y alguien le pidió uno, regaló el que había encendido. Prendió otro y lo mismo. A la tercera persona que se acercó le dijo que los vendía.

El siguiente día, por la mañana, compró un paquete y colocó los cigarrillos en una caja junto a su encendedor sobre una mesa de plástico. Esperó en la parada de buses frente a la librería Oriente, los vendió antes del mediodía. El tercer día incorporó chicles y caramelos de menta, un termo con café, sillas y una sombrilla. Se instaló.

***

—¿Y los españoles? — Se quedó pensativo, luego dijo:

—Un día se acercó un recepcionista del hotel Caribean Queen. — Realizó una pausa— Queda al final del paseo Colón.

—Sé dónde queda—

—El muchacho preguntó por una puta. No una cualquiera, la dama debía poseer ciertos atributos. — Me observó de reojo— ¿Entiendes?

—¿Gore? ¿Una para… de esas raras?

—Por allí van los tiros, y como conocía a toda la gente del centro, me acordé de una loca en silla de ruedas. —Dijo que era una vieja loca y putona que espantaba a la gente.

No sé mucho de la Doña, vivía en una casita por el terminal de pasajeros. Quedó paralitica en un choque. A él le agradaba la vieja, el día le parecía menos aburrido con ella por allí haciendo cualquier cosa por unos reales. Me contó que ella siempre ofrecía sus servicios a los que se acercaban a comprar cigarros, algunos tomaban la cuestión como jodedera, pero otros se espantaban.  La mayoría dejaba algo de dinero por pena o lástima.

Él la dejó hacer sus peculiaridades hasta que un día trajo un plátano verde y trató de metérselo en su vagina a plena luz del día. A nadie le pareció gracioso. La corrió de su cuadra, pero siempre la veía por la calle Buenos Aires haciendo sus loqueras o a un costado de la acera sosteniendo el pote con los reales del día. Él comentó que cuando la veía con el pote se le parecía a una niñita contando sus moneditas para comprar chucherías en el recreo.

La señora no era tan vieja, tampoco fea. Tenía el cabello desgreñado y negro, los ojos marrones, de vez en cuando mostraban algo de lucidez y tristeza. Era corpulenta con brazos y hombros fuertes. Ella una vez lo retó a un pulso y ganó. Algunos contaban que en su juventud fue una respetada ingeniero de la Universidad de Oriente hasta que le pasó lo del accidente, nadie confirmó esa historia. Cuando el recepcionista le habló acerca de lo difícil que sería encontrar a una dama que cumpliera los requisitos del huésped, él pensó en ella.

— La Doña estaba indecisa con lo del servicio. El recepcionista le entregó una lista a la vieja, ella lo primero que preguntó fue acerca del fisting. Busqué en internet y le mostré un vídeo que descargué en el celular.  Ella lo vio con los ojos pelados y se echó a reír como loca. Después dijo que iba a tomar bastante agua para lo de la lluvia dorada. Le aclaré que ella recibiría la lluvia con la boca abierta. Y la vieja cerró los ojos y suspiró. Pensé que no estaba tan loca después de todo, por un momento se me atravesó por la mente que la vieja rechazaría la oferta. Y me alegré. — Sacó un cigarrillo de la cajetilla y lo encendió. —El muchacho del hotel fue claro; un turista, euros y una noche. El tipo venía por lo de la cumbre iberoamericana, tenía un fetiche por las discapacitadas y mucha plata. — Habló con amargura. —Ella aceptó, le dieron par de líneas para que se calmara. — Él realizó una pausa en su historia, se sentó sobre la acera, aspiró el cigarro, botó el humo y continuó:

—La pusieron bonita y le dieron una silla de ruedas nueva. La acompañé al hotel. En una de esas me dijo que me acercara y susurró:

“No todos los negros son de África”.

Y se despidió. — Él la vio entrar al ascensor desde la entrada del hotel. El recepcionista dejó su número de contacto y una colaboración por el servicio.

— Después de eso quise continuar con el negocio, pero la gente de por allí me veía con arrechera. La vaina de la desaparición de la Doña se regó y unos carajos me quisieron quitar el puesto frente a la librería. Un día no aguanté y me regresé a Maturín.

—Era un español.

—¿Quién?

—El cliente.

—Sí. Un español—  Dijo otras cosas más que no recuerdo.

 Le llamaban “El tuerto”. Era alto, delgado y con cabello oscuro. Tenía los dientes chuecos y mal aliento. Nunca se preocupó por vestir bien. Su color de piel era blanca, bronceada y descuidada, pero blanca. Lo conocí durante mi época de estudiante.  Montó su negocio cerca de la plaza Gallegos, siempre que iba a la universidad esperaba el bus en la plaza y le compraba un par de cigarros. La última vez que conversamos me pidió que escribiera acerca de la Doña, garabateé unas páginas y se las mostré.

—Me gusta. — Dijo. — Eres bueno. — Entonces leyó una de las frases del relato:

 “Existen quienes viven la poesía, otros la escriben. Ella quiso ser, y murió en el intento…”

—Es cursi e intenso, pero te va bien ese estilo; tienes pinta de mariscón ultra sensible — Se echó a reír.

La siguiente semana fui a la plaza para mostrarle el relato corregido, no lo encontré. Pensé que estaba enfermo o borracho, pero la otra semana tampoco se apareció, ni la sucesiva. Estuve en la plaza, lo busqué con la mirada y no lo encontré, me senté en un banquito y observé por un rato a las personas pasar. Recordé una vaina que dijo acerca del montón de esclavos que llegaron a América durante la colonia; era como si no hubiesen existido, no me refiero a una civilización o raza, sino a cada uno de ellos como individuo. Supongo que hay gentes que vienen y se van como si nada; como aquellos esclavos, pero sin África.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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