Definitivamente, estoy viejo

Ayer caminé desde la plaza Piar hasta la Gallegos, son dos kilómetros. Se dice fácil, pero para una persona que no está acostumbrada cualquier caminata resulta ser una tortura. El cuerpo a cada rato me recuerda que no estoy para maratones, y es algo que me da risa porque de joven siempre critiqué el andar de los viejos.  Al llegar a la plaza Gallegos encontré a Karina. Ella habló acerca de su novia y todo aquel lío de su relación y de cómo su familia se enteró de su orientación sexual, concluí que fue por casualidad. No dijo gran cosa al respecto, sin embargo, por lo que pude entender, su familia aceptaba sus preferencias sólo con una condición; discreción en cuanto a sus actividades dentro y fuera de su hogar. Ya no le podía pedir a sus amigas pasar la noche en su casa; una vez lo hizo y creyó ver a su padrastro tratando de filmarlas.  

La escuché con atención, con respecto a lo de su padrastro no pude decir mucho. Pero sí le comenté que en la actualidad las personas tienden a ser más tolerantes con las mujeres y no tanto con los chicos por eso del conflicto del mero, mero macho vernáculo con cinco mujeres que está en la psiquis del colectivo. Y le conté la historia del chico del Zulia.

El joven se suicidó, era estudiante de bioanálisis. Semanas antes de su muerte tuvo un accidente de tránsito, y durante las pesquisas que realizó el CICPC (Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas), la familia se enteró de que el joven era homosexual. Sus padres pertenecen a una de esas nuevas sectas evangélicas ultra conservadoras. Entonces, lejos de aceptar sus preferencias y buscar maneras de corregir ciertas fallas en el núcleo familiar, decidieron enderezar al muchacho.  Gracias a la intervención divina del pastor de su iglesia determinaron que el joven no era homosexual, sino que estaba poseído por un espíritu pervertidor-transexual y necesitaba ser exorcizado. El pastor había realizado un curso avanzado de teología en la isla de Barbados, y estaba capacitado para identificar y expulsar ese tipo de demonio. Entonces, después de que el joven terminó su tratamiento en el hospital, lo llevaron a casa y lo internaron en una habitación que habían preparado para su curación definitiva.

Se desconoce los detalles del método utilizado para expulsar al demonio, pero el joven apenas pudo caminar aprovechó un descuido de sus salvadores y entró al baño; se ahorcó con la cortina de la regadera.

Cuando terminé de contar la historia del chico del Zulia llegó la pareja de Karina. Ambas se marcharon. Esperé el bus.  A fin de cuentas, no sé si entendió lo afortunada que fue, pero le hice entender que lo de su padrastro es algo normal en todos los hombres. Si el hombre la miraba con ojos lascivos era porque no es su padre y que no debe hacer escándalo a menos que se sobrepase.  Podemos pensar muchas cosas, pero son nuestras acciones las que determinan lo que realmente somos. Entonces, con las ínfulas de sabiondo y las ganas de llevar a la cama a Karina y su pareja, abordé el bus solo.

— Me estoy volviendo viejo. —Pensé. Regresé a casa.

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