El ocaso de un perdedor

 

Me levanté de madrugada. Hice lo que tenía que hacer y salí. Si hubiese tenido mujer, ella me habría preparado un café y quizás me vería partir bajo el dintel de la puerta. Desayuné un vaso de agua con un cigarro. El barrio “Tronconal” es peligroso, pero uno se acostumbra al peligro y lo vuelve normal. Atravesé la vereda y esperé el bus frente al ambulatorio.

Llegó el camastrón, el chofer redujo la velocidad cuando se cercioró de que no había estudiantes cerca. Entré de un salto a la unidad.

—Buenos días. —  Nadie respondió. Me senté al final, era mejor así. La gente se amontonaba junto a la salida y, si estabas sentado en las primeras filas, debías ceder el puesto a una embarazada o alguna doña, tampoco era gracioso que algún tipo recostara su pene, o el culo, sobre tu hombro. Al sentarme eché un vistazo al bus, quizás con la intención de identificar algún malandro por lo que tendría que bajar antes de que se le antojase realizar su respectivo atraco matutino, sólo estaban dos pela bolas como yo, una señora con un  bebé, dos estudiantes y una muchacha con pinta de puta trasnochada. — Con razón nadie respondió los buenos días, puros pela bola —Pensé.

El viaje continuó. El bus dobló en la esquina y paró unos metros antes de la pollera “Pico Mocho”. Se presentó el mismo bochinche de todos los días. Entraron como vándalos; estudiantes y obreros; señoras y no tan doñas; universitarios y pícaros. El transporte se estremeció con el abordaje. El mismo “tira y encoje” entre el chofer y los “señores” usuarios de todos los días.

—Sólo diez estudiantes. — Gritó el conductor. Nadie paró bolas y siguió la bandada de gentes acomodándose dentro de la unidad. El chofer no tenía ayudante, entonces estaba arrecho porque tenía que cobrar y andar pendiente de arrimar a la gente al fondo del bus. Todos de pie en el pasillo, dos filas donde sólo cabía una, y comenzó la recostadera de las partes íntimas entre los usuarios. Era una cuestión de percepción; el conductor veía el bus vacío y los usuarios lo contrario, el único punto en común entre usuarios y chofer era el tipo guindado de la puerta, todos sabían que había uno y que podía resbalar y matarse. En alguna oportunidad me tocó viajar de esa forma, y se sentía bien; nadie te recostaba sus partes, te pegaba la brisa de frente, no escuchabas la música y tenías la mejor vista. Pero estaba el riesgo; el pasamanos se podía desprender o el chofer, en una mala maniobra, pudiese dar un giro brusco o frenazo y, en ambos casos, el único final sería que la gente desde el bus vería tu cuerpo caer y rodar por el asfalto como un muñeco de trapo.

A mi lado estaba un chiquillo, iba a la escuela. No molestó, se sentó y sacó su celular. El aparato era uno de esos bichos inteligentes con un sistema operativo de mil funciones que servían para todo menos llamar y nunca les duraba la batería. El niño ni habló, entendí que jugaba y chateaba con un compañerito. Me sorprendió la agilidad que tenía para jugar la vaina esa con rayos, explosiones, zombis, plantas y todo aquello, luego deslizaba su dedo sobre la pantalla y le respondía al compañerito, veía su Facebook, tomaba fotos al bus y se las enviaba a no sé quién coño, después volvía a su juego y no perdía. Además, se dio cuenta de que yo le observaba y levantó su rostro para echarme una de esas miradas de guaricho coño’e madre: “¿ Y tú qué ves?”. Y seguía sin perder en el bendito juego.  Llegué a tener mi primer celular en el tercer semestre de la universidad, vivía solo y nada más tenía tres contactos en la agenda: mi madre, Mario Urbina y Ana Gabriela. Nunca fui de muchos amigos, al final comprendí que siempre tuve uno; yo mismo. Entonces resulté ser una persona muy apegada con las poquitas personas que se me acercaban, y más conmigo mismo.

—Los de la universidad pagan pasaje completo. — Agregó el chofer, nadie respondió. Arrancó el bus, más de uno se quedó afuera. Los vi desde mi asiento; puras gentes con caras largas. Y comenzó a llover. El bus salió del barrio, tomó la avenida intercomunal en dirección a Puerto la Cruz.

La siguiente parada fue en la entrada de Lechería. Anteriormente sólo se hablaba de Barcelona y Puerto La Cruz, Lechería era una urbanización o algo así con ambiente exclusivo y gentes solventes. Luego crearon centros comerciales y avenidas, y lo que en un tiempo fue algo pequeño se convirtió en otro municipio con alcalde propio. Entonces tenías tres ciudades; Barcelona que era un chiquero y lo denominaban “Barrio”; Puerto la Cruz que también era un chiquero, pero no tanto como Barcelona, y lo denominaban “Ciudad”; y Lechería que era la zona turística y donde la gente del barrio tenía que ir con su mejor vestimenta para visitar los centros comerciales. La chica con cara de puta trasnochada se bajó allí, supuse que no era ninguna puta, sino una niña de papi y mami que se fue a rumbear al barrio con sus amigos malandros y terminó drogada, robada y cogida. Tenía esa capacidad, juzgar sin conocer y casi nunca me equivocaba.  El niño seguía en lo suyo. Me simpatizaba el guaricho, me miró de reojo y guardó su celular. Después de un rato cambió de asiento, y volvió  a jugar con su celular hasta que llegó a su escuela.

Siguió el viaje. Cruzamos el semáforo y el bus se detuvo frente al edificio “Vistamar”. Nadie bajó, entonces se escuchó:

—Polar. — Nadie respondió. Aún existe la costumbre de “cantar” las paradas. El nombre obedece a una referencia en particular, la sede de la empresa “Polar” (por citar un ejemplo) quedaba a 200 metros de la entrada a Lecherías, entonces con sólo decir “Polar” o “Lecherías” se entendía que el bus debía detenerse frente a la entrada de la mencionada empresa y de la urbanización o municipio o lo que sea. Nadie respondió, el chofer aceleró, entonces el tipo que estaba guindado de la puerta se le veía sonreír. Supuse que se sentía como un piloto en su F-16.

La siguiente parada fue “EPA”, allí se bajaron un par de chicos; noté que eran recién egresados de la universidad por esa mirada de superioridad. Esa empresa tenía la política de contratar ingenieros recién graduados como vendedores.  Escuché de un joven que nunca ejerció su profesión por trabajar allí. Eso resultó raro, por lo general la mayoría de los ingenieros desempleados trabajaban como taxistas, vendedores ambulantes o cualquier vaina que le facilitaba mejores ingresos que su misma carrera.

Aunque se bajaron el par de chicos fue como si nadie lo hubiese hecho, los usuarios seguían amuñuñados. Luego el chofer arranco y al rato dijo:

— “Éxito.”— El nombre del local era “Abasto bicentenario”, pero “Éxito” era el nombre del negocio antes de ser expropiado por el gobierno y como el bendito “Abasto bicentenario” funcionó sólo un mes, prevaleció el nombre del negocio anterior. Nadie respondió, continuó el viaje y sobrevino la parada de “Molorca”, allí se bajaron un par de universitarios. En pozuelo se vació el bus, el chofer entendió que nadie nunca le paró bolas.

A partir de allí estuvo un poco más desahogado el ambiente, el niño cambió de puesto y observé la avenida municipal. Llegamos a la parada de “Chuparín”, el niño bajó. El bus siguió.

Me quedé frente a la librería Oriente. Los buhoneros apenas se asomaban por las calles, se podía caminar con libertad. Las calles estaban limpias, sólo se veía el charquero de las aguas negras desbordadas. Bajé por la avenida Sucre hasta llegar al local. Tenía dos años trabajando en una tienda de ropa deportiva, la mayoría era imitación, pero de vez en cuando llegaba alguna mercancía de calidad y el turco le aumentaba el precio de venta y agregaba el 20% de ganancia. Entonces cuando algún cliente le pedía una rebaja fruncía el ceño y se quejaba, negociaba y regateaba, al final cedía un poco y le decía al cliente que quebraría su tienda con esos precios. Gaby, la vendedora estrella, y yo disfrutábamos el espectáculo. Me gustaba allí. No ganaba mal, pero la situación del país empeoró.

La flaca estaba frente al local. Me pasó las llaves del candado y abrí la tienda. El turco se aparecía a las nueve de la mañana. Se tenía que acomodar y barrer el sitio, no gran cosa. Entonces miré a la flaca mientras acomodaba unos zapatos en el aparador, la noté medio rara.

—Gaby— dije— ¿Te pasa algo?

—Nada— Respondió.

—Estás como rara.

—No, Roberto — Dijo— no me pasa nada.

—¿De nuevo piensas que estás embarazada?

—Ridículo— Respondió, soltó una sonrisita. Le pellizqué el hombro. — Nunca más te cuento nada, y deja el fastidio.

—Es que estás como rara. — le volví a pellizcar el hombro.

—Deja.

—¿Qué pasó?

—Bueno, es que ayer por la noche me llamó el turco.

—El viejo es insistente.

—No es para eso, ya le hablé a su esposa y me dejó en paz.

—¿Y entonces?

—Reducirá personal — Realizó una pausa — …De nuevo. Y quedamos tú y yo.

—De todas formas, ya me aburrí de estar aquí. Ya encontraré algo por allí — Dije, y continué con mi trabajo. Etiquetaba, apilaba y ordenaba las cajas de zapatos, luego las franelas y camisas. Después el inventario, me cercioraba de que no se perdiera nada y, cuando terminaba allí, salía del almacén a vender. Gaby llevaba la caja registradora, también vendía y, de vez en cuando, ayudaba el turco con los pedidos y las cuestiones que estaban de moda. Tenía buen ojo para las ventas y sabía qué se vendería y qué no. Cuando alguien entraba a la tienda, y ella estaba de buenas, casi era un hecho de que Gaby vendiera algo, tenía una especie de poder sobrenatural; nadie podía decirle que no, pero sólo cuando estaba de buenas.

—Roberto — Dijo Gaby— Realmente no es lo que quieras, sino lo que necesitas. — Me miró — ¿Entiendes?

—¿A qué te refieres con eso?

—Que deberías volver a estudiar. — No respondí. Y ella continuó con lo suyo. Esa fue la última vez que hablamos. No la volví a ver, tiempo después me enteré de que se casó y se fue del país.

El turco llegó un poco más tarde de lo habitual, a eso de las diez de la mañana. Saludó con desdén y anduvo un rato por el almacén. Preguntó acerca del inventario y un par de zapatos que se habían perdido, le expliqué que fueron vendidos. Me costó convencerlo, pero lo demostré. Entonces no preguntó más por el par de zapatos, pero andaba dando vueltas por el local y preguntando por todo hasta que por fin me dijo:

—Chamo, la situación está jodida. Casi no vienen clientes —

—En diciembre nos recuperamos. — Pero ya sabía por dónde venía.

—Estamos en Marzo — Y soltó una carcajada.

—Tranquilo, no hay rollo. Me dices cuándo tengo que venir y nos arreglamos. — Sonreí, en realidad no esperaba nada. El turco no era mala persona, pero cuando se trataba de dinero era otra vaina. Entonces empezó con su charla de la situación económica; que los buhoneros no pagan luz ni agua ni impuestos y le quitan los clientes; que el dólar está por las nubes; que su mujer gasto todo lo que él producía; que los niños no apreciaban el esfuerzo; que no se conseguía ropa de calidad barata; y otras cosas más. Y todo para no pagar una liquidación— Pensé—. Según la ley me correspondía un poquito más que una miseria, pero el turco trataría de pagar menos, sin embargo, podía llegar a un acuerdo y obtener, con la ayuda de Gaby, algo cercano a lo que me correspondía. Y así fue. Me marché al medio día.

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2 pensamientos en “El ocaso de un perdedor

  1. evavill

    Hola, Roberto.
    Me ha gustado mucho tu escritura, de este texto la descripción del viaje en autobús es muy buena. Todo el escrito lo es.
    Pero no he podido acceder al blog pinchando en el enlace, te lo digo para que lo arregles si sabes cómo (yo no lo sé) y tendrás más lectores.
    Un saludo

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