Fumadores

Existen dos clases de fumadores, los que se tragan la saliva y los que la escupen. No me gusta escupir, pero debo admitir que el cigarro deja un mal sabor de boca, en especial los del tipo que no tienen etiqueta de advertencia.

Esa mañana estuvo alborotada. La policía, los bomberos y la guardia, todo el mundo se asomó por allí. Los vecinos, y algunos curiosos, estaban amontonados en la entrada del conjunto residencial. La mayoría de los invitados se perdieron, el dueño del apartamento estaba histérico y no paraba de hablar pendejadas. Ya cuando el sol empezó a calentar,  se lo llevaron. Me quedé, no sé cuánto tiempo, en la entrada.

José Alberto y Carlos pasaron en la camioneta y supongo que me vieron sentado sobre el borde de la acera, Carlos estacionó por allí y se bajaron. No sé si porque tenían ganas de hablar o no sé qué cosa, pero José me contó lo del negro Ismael y María Joaquina. Él pensó que eso fue un tremendo espectáculo y que nada podía superarlo, Carlos se reía mientras José echaba el cuento. Por momentos me pareció chistoso todo lo que contaba, porque él tenía la cualidad de describir las cosas de una manera muy personal, a veces las aderezaba con comentarios y todo resultaba, incluso las cosas más tristes, una comedia. Terminó de echar su versión del hecho, y preguntó qué tal estuvo la rumba en el apartamento de Jesús Roman. Les dije que de allí nos fuimos a otro lado, la vaina estaba muerta allá. Me preguntaron por Martín y por qué coño no habíamos ido a casa de María Joaquina. Entonces, le conté lo del salto, todo el peo con la policía, las llamadas y que tuve que recoger partecitas de él que quedaron regadas en el pavimento.

No me aguanté, me puse a llorar. Lloré como una marica y aún no había llamado a mi casa para informar a los viejos, pero supuse que ya sabían porque las noticias vuelan, y las malas noticias no sé cómo pero llegan más rápido.

Entonces empezó José Alberto a preguntarme si era cierto lo que decía, y la cabeza empezó a darme vueltas, y me sentí como mareado; todo se puso como borroso y pum, escuché a Carlos.

— Pajuo, deja que coja aire; dale un cigarro para que se oxigene. —

—Marisco, está blanco. Pálido. — Dijo José Alberto. —Menos mal no estudiaste medicina. —Le dijo a Carlos. Me incorporé como pude. Entonces ambos me miraron. Les eché el cuento de lo de Martín de nuevo, y no lo podían creer.

— Coño, marisco con eso no se juega. Deja la jodedera. —

— De pana, mamaguevo. Martín se lanzó, estaba borracho hasta la médula. — Con todo lo que les conté no me creyeron. Se ofrecieron para llevarme hasta la casa. Cuando llegamos, apenas salí del camioneta mi madre me saltó encima, me abrazó y lloró. Ella tenía la cara de insomnio a mil metros y cuando los muchachos la vieron del tiro se les pasó el efecto del monte, o lo que fuera que se metieron, ambos le dieron el pésame. Mi mamá me rogaba que le dijera que todo era un juego de Martín. No pude mentirle, aunque lo intenté pero cada vez que la veía a los ojos se me partía el alma. Luego, mi papá me preguntó cómo fue la vaina. Le conté todo. Sacó un cigarrillo de no sé dónde y me lo dio. Fumamos un rato y me dijo:

— Martín siempre tuvo mala bebida.—

— Siempre.—

— ¿ Nadie lo empujó?—

— Nadie, el mismo se lanzó. — Y vomité.

***

Ya había pasado el asunto de Martín con todo el peo del funeral, los rezos y toda esa mierda. De verdad, cada vez que lo recuerdo me doy cuenta de que estaba loco. Ese mismo día me dio el primer cigarrillo, y como dicen que ninguna buena historia comienza comiendo ensaladas, supongo que esta empieza la noche aquella en que Martín se lanzó por la ventana.

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