Directo al fondo del mar

En su ciudad todo era antiguo, y según ella había mucha buena arquitectura. Antes de conocerlo pensaba que la gente era muy seria, de esas que se visten con colores opacos y andan por las calles con la mirada metida en su mundo. En los supermercados, panaderías o donde fuese casi nadie se miraba la cara; cada quien en lo suyo, entraban, tomaban lo que necesitaban y se marchaban. Eso sí, respetuosos,  siempre disculpándose y dando las gracias por todo. Entonces surgió entre ellos una historia sin esperanzas, sólo él y ella en una ciudad colonial de gentes mudas que casi nunca se miraban los rostros.

Ella nunca lo olvidó, decía que cuando se deja de pensar en alguien es como asesinarlo, por lo tanto si se mantiene presente en la mente es como verlo todos los santos días. A veces las personas se sorprenden de lo mucho que cambian sus semejantes con el tiempo, y de ellos mismos también, debe ser porque ver una persona que se ha dejado de pensar por años es como sacar un cadáver de una tumba, al observarlo  se entiende que la piel no es la misma piel, sus cabellos no son los mismos cabellos ni sus ojos ni su voz, todo su ser no es su ser sino otro que revivió y dice ser el mismo, pero no lo es. Al final se entierra porque ese que en algún momento fue grande, murió y revivió, volverá a morir definitivamente. Pero ellos no tenían ese problema.

Derrotado, cansado, enfermo, viejo y obstinado, pero con algo de dinero en el bolsillo como para pagar un viaje, hospedarse en un hotel que consideró lujoso y visitar buenos restaurantes. Su vuelo arribó un sábado por la mañana. Nunca había visitado una isla, sin embargo, sabía a dónde tenía que ir. Entonces, aunque no le simpatizaban los taxistas, llamó a uno de ellos que le pareció cuando menos interesante por el cuido de su uniforme y sus gestos para con los posibles clientes. El taxista se acercó y ofreció sus servicios, él sólo indicó a dónde debían ir.

– Necesito un auto disponible las 24 horas.- Lo dijo no justamente como esas personas que lo critican todo y no hacen nada, sino todo lo contrario porque precisamente él, como conocedor del esfuerzo y talento que conlleva la creación de cualquier cosa, entendió que aquel hombre que le prestaba su servicios no estaba dispuesto a trabajar las 24 horas por una suma inferior al salario de un mes de un empleado público.

– Señor, con todo gusto trabajaría para usted, pero, si me permite, puedo ubicar una compañía de alquiler. Le saldría más barato.

– Le pido, por favor, sus servicios mientras esté aquí. Será poco tiempo. – Calló unos instantes.- Pero no en este carro, alquilaré uno. – El taxista no respondió, tres horas más tardes vestía otro uniforme y manejaba un auto de lujo por la avenida. Si bien el cliente era amable y respetuoso, pocas veces le dirigía la palabra. En algún momento el taxista pensó: “nada importa siempre que pague” – Sin embargo, algo que desconocía el taxista, era que el traje que usaba como uniforme valía el doble de lo correspondiente por sus servicios.

A todas luces era un hombre adinerado, sin embargo, no mostraba esa actitud arrogante de quienes logran fortunas en menos de una década, o la conmiseración de los que han nacido acaudalados. Era educado, pero el chofer estaba seguro de que no tenía un alto grado de instrucción; no era médico porque el hombre ni habló de su trabajo; tal vez ingeniero o administrador, no obstante, no mostró interés mientras calculaban los costos del alquiler ni por el auto; en última instancia, profesor de bachillerato. Pero empresario; no, eso definitivamente no. O quizás un narco, no tenía dudas de que su cliente podía, aun con todo lo viejo y cansado que se veía, partir en dos a cualquiera. Todas sus teorías se fueron por un barranco cuando, horas después, lo llevó al ferry de regreso.

– ¿A dónde vamos?- Preguntó el chofer.

– Al muelle.

– Lo que usted diga.

No resulta extraño pensar que la naturaleza implora piedad en cada atardecer, amanecer, flor, o paisaje que dibuja; son espectáculos que se vuelven cotidianos. Cuando el hombre llegó la naturaleza hacía su ruego con esmero, no obstante, no se detuvo a contemplarla, caminó.  Al llegar al final del muelle se encontró con una chica. No linda, sería una injusticia decir sólo eso; era hermosa de todas las maneras posibles, y mucho más en sus gestos. Llevaba un vestido café, sencillo, fresco y sin mangas, le llegaba hasta las pantorrillas. Se detuvo al lado de la chica.

– Es un país bonito.- Dijo y, por primera vez en toda la tarde, miró el atardecer.

– Con gente noble y humilde.- Respondió la chica.

– Cierto.

– ¿Sabe?- La chica realizó una pausa como si se hubiese arrepentido de lo que iba a decir.

– ¿Qué debo saber?

– Las personas que nunca se enamoran son más felices.- Realizó una pausa.-Y gordas.- Sonrió, con un aire de consuelo.

– O las que se enamoran y mueren.- Él agregó.

– Como un tal Ramón y Julieta. – Soltó una risita, dejó su cabello caer a un lado de su rostro y lo recogió con tal delicadeza que pareció, por lo menos al viejo, retroceder el tiempo cuando las cosas eran lo que eran y no lo que parecían.

– Eso es algo cruel.

-¿Usted cree?

– ¿Te imaginas? – La miró a los ojos.- Están en su luna de miel, después de la boda, el brindis, el baile y las rosas. Él maneja, atraviesan el páramo, o cualquier lugar con carreteras que bordeen colinas y montañas, entonces ella lo abraza y van sonriendo por la vía mientras escuchan una canción…

– La de Titanic. Por favor, ¿sí? – Ella interrumpió

– Iban por la vía. Él manejaba, ella recostada sobre su pecho y escuchaban la canción de Titanic interpretada por Celine Dion. Felices, por supuesto, jóvenes, recién casados, apuestos y adinerados, rumbo a un lujosísimo hotel que queda en no sé dónde, pero cerca de una montaña y un lago. De repente explota un caucho de su convertible rojo.

– Entonces iban en un convertible rojo, en primavera.- Interrumpió la joven.

– Pero aquí no hay primavera, sólo veranos y lluvias.

– Entonces manejaban por los Alpes.

– Desconozco si hay carreteras por allí.

– Pero no arruines la historia.

– Bien, entonces explotó el caucho y se mataron. Pero antes, moribundos y en el fondo de un barranco oscuro y tenebroso, se abrazaron y se dijeron mutuamente: “Te amo”.

– ¿Murieron juntos?

– Sí, abrazados bajo un manto de estrellas. ¿Te gusta así?

– ¿Y si en vez de eso explota el hotel mientras ella tiene un orgasmo?- Echó otra risita. – Sería un final mucho mejor y más excitante.

– Puede ser.- De allí que él le invitó un café, ella tomó su mano y caminaron de regreso. Ella como una dama y él adolescente, porque eso era lo que ella le proporcionaba; el recuerdo de tiempos que jamás vivió. Sintió su mano pequeña y frágil. Ella, tomada de aquella mandarria que él le proporcionaba, se vio protegida por primera vez en su vida por lo que la asió lo más fuerte que pudo.

– Cada orgasmo es una pequeña muerte.-

– ¿De quién es esa frase?

– No lo sé, pero me gusta.- Recorrieron el muelle,  pasaron por un castillo de la colonia y atravesaron la avenida en dirección a un faro. Llegaron hasta una heladería no  muy espaciosa, pero proporcionaba la intimidad necesaria para conversar.

– Mi papi nunca me llevó a comer helado.

– Ahora soy tu padre. – Abrió la puerta de entrada, se ubicaron en una esquina. Un local con ambiente familiar en todo sentido de la palabra. En cada pared se podían apreciar fotos de los dueños de la heladería en diversos lugares del mundo, asimismo, el local en sus inicios. Resultó ser un lugar agradable para él que, a pesar de haber tenido muchas oportunidades, nunca estableció un hogar ni un negocio ni siquiera tenía pensión.

– Puedes ser lo que tú quieras, no soy nadie para impedírtelo. – Llegó el mesonero, no tuvo que mediar palabras para recibir la orden.

– Hija ¿De qué quieres helado?

– De fresa con chocolate, le agrega caramelos de colores y sirope de durazno.- El joven, de manera respetuosa, respondió:

– Lo que desee la señorita. ¿Y el señor?

– Un café.

– ¿Un café? No, le traes una torta sureña. Y si no le gusta, se la comerá también.- Ella lo observó, en sus ojos había picardía y una sonrisa maliciosa. Era evidente que el joven entendía que no se trataba de padre e hija.

– Y un café.- Él a su lado parecía un toro, ella apenas alcanzaba el metro sesenta de estatura y él ligeramente sobrepasaba el metro noventa con más de 100 kilos. Desde el primero momento que la vio pensó que debía pasar largas horas cuidando su cabello, pero lo que más llamaba su atención eran sus ojos.  Ella no usaba maquillaje, ¿y para qué? Si su rostro no pasaba de los dieciocho, aunque su mirada, palabras y gestos decían algo más de cuarenta. Entonces, pensó:

 “las gentes no viven lo que viven sino lo que aprenden, algunos lo hacen rápido y otros simplemente mueren”.

Llegó el helado, la torta y el café. El joven lo sirvió con esmero y cautela.

– Háblame de ti.- Preguntó la chica.

– ¿qué quieres saber de mí?

– Lo que quieras contarme.

– Ese helado se ve delicioso.- La miró con simpatía.- ¿Conoces un buen restaurante?

– Se te hace difícil disimular las cosas.- Lo miró, ella sonreía con una picardía tal que intimidaba al hombre. Consciente de su influencia; tomó la paleta, la untó con una porción de helado, y sin dejar de observar aquel hombre que no parecía caber en el traje que llevaba puesto, la introdujo en su boca. Era como si con su encanto pudiese abrir todas las puertas, no obstante, él era obstinado. Ella esbozó una sonrisa, le quitó el café y bebió un sorbo.

– Deberías probar la tarta sureña, tiene trocitos de chocolate. ¿A qué no sabías que el mejor chocolate del mundo es el venezolano?- Dijo la chica, le devolvió la taza de café con sus labios impresos en uno de los bordes.

– Lástima que el café…- Ella colocó uno de sus dedos sobre la boca del viejo y dijo:

– Y el mejor café también. – No había forma de no sentirse a gusto con su compañía, un rostro juvenil y maduro en sus formas. De allí en adelante se comunicaron de la manera que Dios hace, sin palabras. En algún momento ella asomó su mano sobre la mesa y tomó la de él; No se percató, pero había vuelto a su adolescencia.

– Creo que es hora de irnos.- Bebió su café, acabó con la torta y ella degustó el helado. El viejo pagó la cuenta, dejó una propina excesivamente generosa. De regreso al estacionamiento del muelle se encontró con el chofer dormido en su asiento, a ella le pareció algo poco profesional y él le explicó lo que aconteció durante el día, de allí que ella cambió de opinión y sintió hasta pena; detrás de cada error hay una historia, por lo menos eso fue lo que le dijo. Él siempre tuvo personas a su mando, pero no eran sus empleados, eso le permitía tener cierto criterio más o menos en favor del trabajador, ahora que por primera vez tenía un empleado sentía que debía aprovecharlo al máximo, sin embargo, recapacitó e intentó despertarlo con gentileza.

– Despierta.- No recordaba el nombre del chofer, por algunos segundos desdibujó su acuarela. Le pidió a la joven que lo despertara, porque su rostro era más agradable, y ella era simplemente ella; con una sonrisa podía lograrlo todo.

– Chofe…Chofe, estamos esperando.- Tocó la ventanilla con delicadeza, el chofer despertó, y al ver el rostro que lo miraba a través del vidrio, sonrió y mostró sus dientes chuecos y amarillentos, no obstante, se percató de la presencia del cliente y volvió a su papel. El viejo tenía razón en algo, y en muchas otras cosas, siempre es bueno despertar al lado de una mujer. Partieron en dirección al centro en busca de un restaurante, para ese momento la tarde había muerto y el ruego de la naturaleza, como siempre, pasó desapercibido para la mayoría de las personas.

La decisión tomó su tiempo, ella sabía de buenos lugares y el chofer recomendó algunos de mayor clase. Los lugares que ella frecuentaba estaban atestados de jóvenes, él sintió que no era buena idea. De llegar a darse el caso en que ella se encontrase con un amigo y presentara a su acompañante como su pareja, él no tendría paciencia para soportar ni siquiera una mirada. Los que nombró el chofer no le interesaban, no quería mezclarse con cada uno de esos personajes que detestaba, además, el tiempo no le pertenecía.

– Un amigo me recomendó un lugar, pero vamos a dejarlo al azar.- Inmediatamente ella se colgó sobre su regazo, él sintió sus formas, lo frágil de su cintura y su piel casi adolescente, recordó una anécdota de un cantante que vio un grafiti con el nombre de una reconocida marca de desodorante, el intérprete pensó que era una de esas verdades ocultas y existenciales, entonces compuso una canción que llamó: “huele a espíritu joven”. Todavía se escucha y es considerada el himno de una generación. Recordó la historia y sintió el cuerpo de la chica, dejó que su fragancia lo impregnara por unos instantes.

– Siempre cuando tengo dudas, por lo menos en cuanto a comida, me decido por lo más fácil.- Dijo la chica.

– Si se puede saber, y me disculpa por mi ignorancia ¿qué es lo más fácil?

– Arepas.- Sonrió, el viejo le correspondió y el chofer giró en dirección a la mejor arepera de la isla.- O empanadas.

– Arepas.- Dijo el chofer, miró por el retrovisor y vio a la chica. Entonces pensó; Es una lindura, y joven.

La noche gateaba, encontraron un buen restaurante en donde no vendían precisamente arepas, pero sí tenía una excelente vista de la playa y satisfacía los requerimientos de privacidad que precisaba, por su timidez,  el viejo.

– ¿y qué deseas comer?-

– Lo que tú quieras.

– Siempre me llamó la atención ese animalito que parece un cangrejo.

-¿Langostas?

– Sí, esos. Aunque no sé cómo se comen.

– Es fácil, yo te enseño. – Ella le explicó todo lo que sabía de langostas, también de cangrejos, mariscos, pulpos y mejillones. Le contó que de niña iba a buscar calamares al muelle, en algunas oportunidades le acompañaba su hermano; el mismo que se murió de cáncer unos años antes, pero no le contó al viejo y siguió jovial. Entonces llegó el mesonero, trajo los platos y los dispuso sobre la mesa, también sirvió un vino que al viejo le encantó.

– ¿Qué desean de postre?

– Nada, no los comeremos más tarde.- Respondió la joven en el mismo tono en que se hizo la pregunta. Luego bebió un sorbo de vino y acercó su silla a la del viejo. El mesonero se marchó.-

– ¿Sabes? Siento que vamos a realizar una operación.

– ¿Por comer langostas?

– Presta atención, te explicaré cómo se hace; sostén la langosta con fuerza.-  Y obedeció – ahora rompe las pinzas, las tuerces en sentido del reloj.- A ella le sorprendió la facilidad con que lo hizo, entonces, casi instintivamente, cerró sus piernas y apretó su vientre. – Te toca hacer lo mismo con la cola, y coloca todo eso en otro plato.

– Te gusta mandar, eres una chiquita mandona.- La observó con empatía.

– Para nada.- Replicó la joven.- Ahora le vas a quitar las patas de la misma forma que las pinzas.- Él ejecutó las ordenes prontamente. – ¿Ves ese instrumento que está a tu derecha?

– Sí.

– A eso se le llama pincho, úsalo para remover la carne de la concha. Lo vas a introducir por debajo de la pata y empujas la carne hacia arriba.- ¿Ves lo fácil?

– Me parece mucho trabajo para comer, la carne debería ser buena.

– A mí me gusta. A veces me imagino que soy un cirujano y hago una operación.

– Operación Langosta.

– Sí, algo así.

– Aún puedes estudiar medicina, eres joven.

– Tú también.

– Loro después de viejo no aprende.

– Nunca es tarde, por lo menos para hacer las cosas buenas.- Notó que la miraba como un niño enamorado – Y eres un estudiante que se distrae mucho.- Ella tomó sus manos, y las ayudó a remover la carne que quedó en la cola, las pinzas y las articulaciones.- Ahora vamos por las pinzas.

– Este pescado parece un tanque.

– No sé si es un pescado.

– No soy biólogo, para mí todo lo que vive en el mar y se puede comer lo llamo pescado.

– Excelente definición, ya no tengo que estudiar fauna marina. Es sencillo, un tiburón vive en el mar y su carne se puede comer: pescado; Atún, pescado; cangrejo, ¿Se come y vive en el mar?

-Sí.

– Pescado.- Afirmó la joven con una sonrisa.- ¿y la anguila?

– Aunque parece una culebra, también es un pescado.- La joven soltó una carcajada.

– ¿Y los delfines?

– Esa está difícil.- Aseveró.- Viven el mar, pero no respiran bajo el agua.- Realizó una pausa.- Son pescados, pero no nos los comemos porque son lindos.- Y la joven reía, lo hacía con gracia y sin disimulo. Sus mejillas se sonrojaron, inmediatamente se apoyó de su hombro para no caer de la silla y cubrió su rostro con su brazo para ahogar la risa que empezaba a llamar la atención de los otros comensales. Él la observaba, sabía que su sonrisa era franca y le agradaba, pensó que, siempre que fuese sincera, la risa es lo mejor que hay en el mundo. Cuando ella estuvo calmada tomó las pinzas del cangrejo e insertó una tijera en la abertura y cortó desde la parte inferior de las garras hasta arriba siguiendo la curvatura natural del, según la definición del viejo, pescado.-

– Ahora tomarás la cola y tirarás de la aleta que está al final de ella. Saca la carne por la abertura.

– Creo que este animal da más trabajo muerto que vivo. Te dejo los honores.- Y comieron, degustaron el vino y dejaron el postre para otra ocasión.

De regreso al auto ella tomó su mano con mayor confianza.

– Esto del cangrejo es complejo, hubiese sido más fácil pegarle un mordisco y ya.

– Nada puede ser las dos cosas al mismo tiempo; o es bueno, o lindo. Pero nunca las dos cosas al mismo tiempo. – Se encontró con el silencio del viejo,  y para traerlo de nuevo a la conversación preguntó: ¿Manejar es difícil?

– No te diré que es fácil, sólo que con la práctica se vuelve automático.

– He tenido poca práctica, me da miedo. – Apenas llegaron al estacionamiento del restaurante, el chofer los esperaba con las puertas del auto abiertas.

– Daremos prácticas de manejo.

– No ¿Y si chocamos?

– No lo haremos. Además, las calles están solas y me gusta la vista. Mientras manejas puedo apreciar la playa. – El chofer calló, se ubicó en el asiento de atrás y se persignó. Nadie notó el gesto del empleado, sin embargo, su preocupación era más que evidente; aunque el chofer lo desconocía, la chica había tenido un par de accidentes automotrices y uno de ellos le dejó una pequeña cicatriz en la pierna derecha. Ella se sentó en el asiento del conductor y él, como instructor, de copiloto.

– Primero que nada; ajusta los espejos retrovisores.

– Son los botones que están a la izquierda.- Interrumpió el chofer.

– ¿Estás cómoda? ¿Necesitas bajar o subir el asiento?

-No sé cómo se hace.- Dijo la chica.

– Los botones están en la consola que está a tu mano derecha.

– Estos carros nuevos son puro botones.- Luego indicó cómo encendería el auto y después de media hora lograron salir del estacionamiento.

– Para ser primera vez lo haces muy bien. – Él veía la playa, la chica manejaba por el carril derecho de la carretera con las luces intermitentes encendidas y sosteniendo el volante con ambas manos. Al chofer no le causaba gran preocupación, manejaban por una vía recta y no había autos, en una noche de luna llena. Una noche clara, para enamorados; uno de ellos al volante, otro de copiloto. El chofer se acurrucó en el asiento trasero, cerró los ojos y soñó con su esposa e hijos, de todo los presentes en el auto él era al único a quién extrañaban en casa; el único con hogar.

– En realidad no es la primera vez. Un amigo intentó enseñarme. Claro, el carro no era tan lujoso como este, pero aprendí algunas cosas.

– Nunca había visto el mar.

– Pero sabías cómo es.-

– Exacto, algo así te pasa con el auto.

– Sí. Nunca te has detenido a pensar que a éste planeta debería llamarse Agua en vez de Tierra.- Él soltó una carcajada, ella le correspondió y siguió manejando sin rumbo fijo hasta después de la media noche. Llegaron a una playa, estacionaron el auto cerca y dejaron al chofer en el auto con las ventanas abiertas. Caminaron toda la noche; conversaron de tantas cosas, y para la madrugada, era como si se conocieran de muchos años. Entonces, justo antes de que comenzara el amanecer, ella se levantó, se quitó el vestido y lo lanzó al suelo, luego salió corriendo en dirección a la playa, él la siguió; se bañaron de madrugada, en esa playa que, aunque años más tardes ella intentó encontrar, nunca más verían. Ella sin su delicado vestido café sin mangas y él sin saco ni corbata.

Observaron el amanecer en silencio como si tratase, y estaban en lo cierto, de una despedida. Al retornar encontraron el chofer de pie junto al auto, ya el sol de la mañana se mostraba cándido. Iniciaron su viaje de retorno. No hubo incidentes y la conversación fue como de dos grandes compañeros, era como si, en una vida pasada, se hubiesen amado y conocido por muchos años, incluso el chofer parecía ser un amigo y confidente de la pareja. Hablaron de tantas cosas y tan libremente que el trayecto se hizo corto.

Una vez en el hotel ingresaron a la habitación con premura, apenas él cerró la puerta ella lo tomó del cuello y lo besó en la mejilla. Entonces,  como si toda su fuerza hubiese desaparecido, estaba a merced de una niña de poco más de metro sesenta de estatura y cincuenta y cinco kilogramos; ella lo condujo hasta la alcoba. Él vio el contorno de una guitarra dibujada en su vestido,  la mano de la chica, extendida y delicada, conducía a la suya al centro de la habitación, una vez allí ella giró y lo miró con ternura. Luego lo cogió por los hombros, lo sentó sobre el borde de la cama, subió su vestido y envolvió la cintura del viejo con sus piernas, pero nunca dejó de mirarle. Él vio el reflejo de la luz que se filtraba por la ventana en su cabello  y ella el rostro de su amante hundido en sus pechos en busca de un consuelo por tantos años de guerras perdidas. Después él comprobó que ella no era tan frágil, en algunos momentos se contuvo y precisamente era cuando ella le imploraba por más; lo arañó, mordió, gritó y gimió. Dejó de contenerse y tuvieron ambos una pequeña larga muerte sin resurrección. Ella entendió que él no estaba pasado de años, ese aparente cansancio no era físico y muy en el fondo seguía siendo un niño tímido.

Estaban recostados sobre la cama, ella sobre su pecho sintió un cuerpo fuerte y alegre, escuchó un ronroneo como de esos carros de seis cilindros que se fabricaron en los setenta o setenta y no le pareció buena señal.

– ¿Sabes? Siempre fui algo tonto, pero, como todo tonto, afortunado.

– A qué te refieres con eso, no me pareces tonto.

-Mi vida siempre fueron largos momentos de  cobardía y estupidez acompañados por pequeñísimos – realizó un gesto con los dedos para afincar su idea – momentos de valentía y, hasta, heroísmo.

– ¿Y quién te dijo que se puede ser un héroe todo el tiempo? Se es héroe una sola vez y eso es más que suficiente- dijo la chica, pero él no la escuchó y continuó:

– En alguna oportunidad, no serían más de las 2:00 am, me levanté y me di cuenta que las bombas del taladro se estaban quemando. No sé si por estupidez o astucia, tomé un extintor, activé la alarma y apagué el incendio. Pero por eso se creó gran alboroto, y hasta el gerente de la compañía me llamó.

– ¿Y qué pasó? ¿Te culparon del incendio?

– No, todo lo contrario. Me dieron un diploma. Alguien dijo que yo no dormía por estar pendiente de las máquinas y las operaciones, también otras vainas más que no recuerdo.

– ¿Te quejas?

– No me quejo. En otra oportunidad llegué de vacaciones, recuerdo que la mujer me había botado de la casa por andar de putas, entré al taladro y el ingeniero me dijo que tenían 8 horas trabajando una tubería. Tomé la máquina, active una herramienta que llaman martillo y saqué todo.

– ¿Y qué pasó?

– Otra vez me enviaron con el gerente general, me dieron otro diploma y me felicitaron, de nuevo.- La chica reía, pero fue justamente en ese instante cuando recibió la llamada de su jefe, otro cliente la esperaría en un centro comercial. Él entendió, le entregó un sobre sellado con el pago correspondiente por sus servicios y otro con un dinero adicional que ella no debía declarar como recibido. Ella, aunque acostumbrada a ese tipo de gestos por parte de sus clientes,  insistió en quedarse a su lado el resto del día. Pero él dijo que debía marcharse, tenía un asunto pendiente y llamó al chofer. Los recogió media hora después, los llevó hasta el ferry. Ella insistió en acompañarlo y lo ayudó a montar sus maletas, fue cuando entendió que dentro de esas maletas sólo había pesas y cuerdas. Le preguntó para qué eran, él respondió que las necesitaba para ir al gimnasio porque quería verse más atractivo para la próxima vez que se encontrasen. Ella calló. Luego él le pidió al chofer que entregara el carro en la agencia, el viejo le dijo que podía pasear con su familia y llevarlos a la playa. El chofer se despidió, como gran amigo y confidente, y siguió el consejo del viejo. Después no hubo mucho qué conversar, ella lo sabía. Cuando llegó el Ferry ella le preguntó:

– ¿Qué opinas si dejo mi trabajo y me voy contigo?

– No lo hagas.- Tomó sus mejillas y la vio directo a los ojos.- Te prometo que volveré la próxima semana.

– No me importaría comer arepas y viajar en bus.

– Entonces eso haremos ¿Estás de acuerdo? –

– Sí.- Y soltó una sonrisa, él dejó sus maletas al cuidado de la chica y se marchó después de propinar lo que se podría interpretar como un largo beso de despedida; lo hizo como quien debe ir a un lugar y no lo desea, ella creyó que volvería y lo esperó durante varias semanas. No volvió.

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