Verano

 

La Quinta O’ learys-Kane era enorme, de esas con intención y apagadas en el camino. La fachada; una puerta de madera y seis ventanales. La sala se comunicaba con el comedor, el cuarto principal y al fondo estaba el pasillo que distribuía las cinco habitaciones alrededor del patio en cuyo centro estaba una alberca. Poseía tres baños; el más amplio se encontraba al final del pasillo, uno en la habitación principal y otro en la de los huéspedes, cada uno de ellos sin nada que envidiar, en cuanto a tamaño, a una habitación de un hotel; la cocina, tan amplia como las habitaciones, se encontraba después de cruzar el comedor.

Mucho antes, era una especie de choza gigante habitada por una pareja de  trinitarios que se dirigían al Tigre y que por razones no muy claras terminaron allí. De hecho, por algunos años afirmaron que vivían en el Tigre, sin embargo, cuando cayeron en razón ya le habían agarrado cariño al pueblo y pensaron que en algún momento descubrirían petróleo en las cercanías. Durante dos décadas vivieron allí, no tuvieron hijos y cuando Candice supo sobre la muerte de Jhon, se envenenó. De ellos no se sabe mucho, sólo quedaron algunas fotografías escondidas en un cajón junto a algunos suvenires de su tierra y una tabla que estuvo por varios años guindada en la entrada de la quinta.

Familia Fuentes. La vieja Olga, precursora del negocio de tortas en Clarines, amplió la cocina, cambió el piso de cemento del pasillo por terracota, empastó y pintó cada una de las paredes, impermeabilizó y agregó tejas al techo, compró ventanas de madera e instaló rejas de hierro forjado. Una mujer activa y de mal carácter, en cambio su esposo, un poco más achantado, trabajó en la construcción de esa autopista interminable que bordeaba al pueblo, pensionado, gallero de corazón y huraño, erigió paredes, pavimentó el piso de la quinta y sembró una mata de limón en todo el centro del patio, por las tardes siempre se le podía ver sentado por allí leyendo el periódico o pelando a sus gallos. Siempre se quejó de la obstinación de su mujer por la construcción, sin embargo, la ayudó hasta que lo encontraron meado bajo esa misma mata que sembró.

Tuvieron 6 muchachos, los primeros dos murieron al nacer, luego llegó Francisco; logró estudiar administración en la Universidad Central, se casó, tuvo tres niños, divorció y se volvió a casar, no regresó a Clarines, la viejita mantuvo su habitación tal cual él la dejó el día que se marchó. Eunice, la segunda, se fue a Puerto La Cruz, se graduó de médico cirujano, madre a los 50 y nunca se casó, tuvo diversos amoríos antes de volverse una católica ferviente, en su habitación había una cruz de paja para espantar a los duendes que le hacían moretones por las noches. La última en partir; Ana Karina, encargada de continuar con el negocio de las tortas después de la muerte de Doña Olga, durante semana santa recibía las visita de sus hermanas Eunice y Ana Gabriela- la tercera – quien murió en un accidente de tránsito tres días anteriores a lo de  Olga.

Sin la vieja el negocio no fue lo mismo, y cuando se corrió el rumor de que  la autopista sería inaugurada, Ana despidió a los pocos empleados que le quedaban y vendió la casa. Actualmente vive en Palo Gordo – San Cristóbal- y es madre de tres niñas – Pamela, Eunice y Ana Gabriela.

Los Compradores, familia Rebolledo. Elda y Aurelio; jóvenes, recién casados y con un niño de tres años, venían de la capital y se mostraban alegres de poder vivir en un lugar tan “autóctono”. Les encantó la casa y el pueblo, el olor a leña por las mañanas, los gallos  y la seguridad o por lo menos el hecho de que podía dormir con las puertas abiertas sin que nada malo ocurriera. Pintaron, decoraron, restauraron y convirtieron a la quinta en una posada más o menos decente. Elda, a lo largo del pasillo guindó helechos y ubicó algunas mesitas con los recuerdos que trajeron Candice y Jhon de su tierra, trató por todos los medios poner en funcionamiento un toca disco y lo dejó de adorno al igual que el teléfono, la máquina de coser, los pilones de maíz y otras cosas más que no sabía para qué servían pero le atraían, también tomó la bicicleta que Francisco intentó fabricar y la guindó en la sala. Cierto día encontró la caja con las fotografías de los propietarios anteriores, las restauró y montó a lo largo del pasillo, entonces se tenía un lugar que más o menos contaba una historia. Aurelio taló la mata de limón, y como el asunto de la posada turística no caminaba o lo hacía a trompicones, hicieron una alberca. Con el cambio los visitantes fueron llegando, el negoció comenzó a dar ganancias, moderadas pero había ingresos y de vez en cuando llegaba un extranjero o algún caraqueño con noticias, hacían el lugar un poco diferente al resto del pueblo. No habrían pasado más que unos meses después de recibir la noticia por parte de un guaireño, les narró los eventos de un golpe militar. Entonces pasaron la noche conociendo los detalles, bebiendo y conversando pues el tipo les resultó cuando menos agradable. Al siguiente día, como era de esperarse, el visitante se había marchado y encontraron al único niño de la casa flotando en la alberca.

Abandonaron la casa, se llevaron lo esencial y no volvieron. Entonces la quinta no tuvo más habitantes. Con los años construyeron la autopista, la mitad de los habitantes se marcharon y nunca encontraron petróleo en la zona.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s