la cita

Tal vez es el único lugar al que todos tienen que ir y muy pocos desean.Soy una persona responsable, puntual en todo sentido. No acudo a un evento sin haber sido invitado así vaya con alguien que sí lo fue. Esto no es usual en mi país, al venezolano le encanta aparecerse cuando le da la gana y es motivo de orgullo asistir a una reunión sin ser convidado. Es común llegar media hora después del tiempo acordado. Ese fenómeno se da en todos los niveles; cuando se va a una sala de cine, la función comienza quince minutos después de lo estipulado y a nadie le incomoda; los vuelos nunca salen a la hora planificada ni los buses ni los buques ni nada. En conclusión, el venezolano siempre llega puntualmente tarde a lo que sea y eso no cambiará.

La impuntualidad es una institución, tanto así que asistir 15 minutos antes de la hora acordada es considerado un síntoma de desespero, si alguien llega tarde a una reunión no es algo que se suponga indicio de una mala educación ni es causa de reproches, pero si lo hace muy temprano le llaman madrugador, acelerado o lo que sea pero con un tono jocoso que suaviza el comentario. Eso es otra cosa, todas las impresiones se hacen en tono de broma y no por eso dejan de ser ciertas ni quejumbrosas, de hecho hay cierto refrán que dice más o menos así: “Jugandito, jugandito se dicen las vainas” – La palabra “vaina” es una de las más complejas, tiene infinidad de significados dependiendo de las circunstancias -. También, después de un regaño sobreviene un chiste, quizás porque la naturaleza del venezolano no  es violenta y se siente culpable cuando hace algún reclamo aun si está bien sustentado.

Lo normal es llegar tarde, así como la jodedera o la mamadera de gallo. Actualmente a la jodedera, se le conoce como Bullying y durante mi infancia era normal; al gordo de la clase se le decían vaca, don barriga o cualquier vaina que se le ocurriera a alguno de mis compañeros; al negro, chocolate o le preguntaban por María Joaquina o lo que fuera, pero siempre con el adjetivo negro por delante sin llegar al racismo; nadie se salvaba y la única ley valida se expresaba en el refrán: “El que se pica pierde” – Picar es sinónimo de molestarse-, entonces se debía aguantar hasta que jodieran a otro, si se hacía lo contrario no te dejarían en paz. Pero no pasaba de allí,  anteriormente no existía ese nivel de maldad que actualmente impera, eso de que unos niños ofendieran y golpearan a otro por ser gordo, pobre o negro y luego le orinaran. No, eso era impensable. Eran otros tiempos.

Por aquella época tenía un compañero que se aparecía por mi casa, gritaba mi nombre y yo, como quien no quería la vaina, salía. No había que acordar citas, simplemente te aparecías y punto. La impuntual puntualidad era algo que se aprendía desde niño. No obstante, cuando fui al extranjero copié alguna de sus costumbres,  me volví un hombre estricto. Es más, en veinticinco años que transcurrieron después de mi regreso al país sólo falté a una cita: mi funeral.

Las circunstancias de mi muerte no fueron naturales, un producto de la violencia de estos tiempos. Regresé del trabajo, estacioné frente a mi casa. Luego un par de hombres me interceptaron, me pidieron las llaves y sin pensarlo dos veces las lancé al pipote de basura. Seguidamente uno de ellos sacó un revólver y a partir de allí todo se volvió difuso.

Me encontré en el hospital, vi mi cuerpo pálido, frío, desnudo y descubierto sobre una camilla apilado junto a otros en condiciones similares. Luego se apareció un tipo que se tomó la molestia de suturar mis heridas y limpiar lo que quedaba de mí. Al terminar se marchó, regresó media hora después sólo para colocar una sábana gris encima de mis restos. En el pasillo se encontraban mi esposa, mi madre y uno de mis hermanos. Nadie se inmutó cuando la enfermera informó mi fallecimiento, no hubo gritos ni lloradera ni reclamos. Entraron a la habitación para el reconocimiento y ni siquiera notaron a los otros fallecidos que estaban apilados en la esquina, tampoco les importó el olor ni la sangre ni la falta de iluminación. Salieron, el mismo tipo tomó cuerpo y lo apiló junto a los otros.  Después sacó el de un joven, lo colocó sobre la camilla, con la misma premura lo limpió y envolvió; entraron sus familiares y el mismo procedimiento. Para ese instante el mayor de mis hermanos había llamado a la funeraria y comenzaron los trámites para “mi última morada”. El dinero no alcanzaba para incinerarme, pero la chica de la empresa informó acerca de un plan ejecutivo de servicios funerarios, algo así como un Mac Combo, que incluía transporte, limpieza, velorio, corona fúnebre, urna y una parcela en el cementerio municipal. También estaba el plan “Premium” que incluía todo lo anterior, pero con un mariachi en la marcha fúnebre. El de “Platino”, adicional al servicio de mariachis, presentaba obituarios personalizados en un periódico local realizados por un escritor profesional y una lápida enchapada con mármol gris o blanco marfil. Se decidieron por el primero porque uno de los amigos de mi hermano menor tocaba en un mariachi, concordaron un precio más o menos aceptable pero me entristeció un poco no tener obituario, me hubiese gustado uno con una frase célebre de Roberto Araque.

La morgue estaba ubicada en el sótano del hospital. Pocos se adentraban a ese lugar, era oscuro, húmedo y caluroso. La mayoría de los familiares esperan afuera y los trabajadores sólo se asoman para meter y sacar cuerpos. Llevaron mi cadáver un Viernes a eso de las 6:30 am. Sin embargo, precisamente ese día se presentó un inconveniente; no había papel. los familiares tomaban un número y esperaban ser atendidos, a los míos les tocó el 333. Apenas iban por el número 10. Más por nervios que por apuro mi esposa fue a un ciber café, descargó, imprimió y llenó una planilla, sin embargo, no fue aceptada por el personal del la morgue porque debía estar firmada por un familiar directo y ella aún conservaba su apellido de soltera. Entonces se realizó el mismo procedimiento el siguiente día, pero firmó mi hermano mayor.

Al entregar las planillas se les permitió, nuevamente, identificar mi cuerpo, mi madre no ingresó a la morgue por el tufo. Pidieron el certificado de defunción, no obstante, debido a que mi muerte fue violenta, debía anexar, además de la planilla, las cuatro copias de mi cédula y de mi hermano, una copia del certificado de la denuncia que fue realizada en el Cuerpo de Investigaciones Penales y Criminalísticas. Por suerte un primo se adelantó y durante la madrugada se anotó en una lista de espera que hacen los mismos solicitantes del documento, lo atendieron a las 4:00 pm porque el sello estaba guardado en el archivero de un comisario ausente.

Mi primo llegó a la morgue con el certificado el día siguiente a eso de las 5:00 am. Para ese momento habían atendido a la familia Nº 50. Ya cuando se entregó la planilla, las cédulas, el certificado del CICPC y el parte médico, les informaron que debían esperar su número para que los patólogos realizaran el examen post mortem. Transcurrieron 4 días más y el sistema de enfriamiento de la morgue dejó de funcionar al tercer día.   Algunos cadáveres comenzaron a emanar un hedor distintivo de su condición por lo cual se decidió acelera el proceso. Mis familiares esperaron por los especialistas; sólo asistió uno a eso de las 4:00 pm. Todos los familiares se agolparon en la entrada y el patólogo, sin inmutarse, dijo que como ya estaban muertos y el aire acondicionado estaba dañado no había nada qué hacer y comenzó a sellar papeles una vez que se instaló en su oficina. El encargado de la morgue entregó el certificado de defunción, sólo faltaba la orden para movilizar el cadáver. Durante los días anteriores el personal de la funeraria pidió unos requisitos bancarios y una vez que los obtuvieron llamaron a mi madre. Ella junto a mi esposa  se encargaron de entregarles el permiso de traslado y desde ese momento todos los trámites corrieron por parte de la funeraria; buscaron mi cuerpo en una carroza fúnebre, en vida nunca me monté en una de esas y la encontré muy espaciosa. Una vez en la morgue los funcionarios encargados se limitaron a sellar los documentos. Al siguiente día se permitió la salida de mi cuerpo y como no había papel no se levantó el acta de defunción, así que entregaron una nota con un número que indicaba que debía recoger el documento la semana siguiente.

Cabe destacar que confundieron mi cuerpo con el de un muchacho de 15 años muerto en una balacera. En mi funeral nadie abrió la urna porque querían recordarme vivo, no obstante, mi hermano se percató de su tamaño y cuando abrió para comprobar que todo estuviese en orden se dio cuenta de que no era mi cuerpo. Entonces se corrió el rumor de que estaba vivo y me habían ingresado a urgencias. Corrieron hasta el hospital; en mi madre noté que esos ojos de angustia que cargaba hace días iban desapareciendo; mi hermano menor no paraba de reír como loco y decía que de seguro estaba vivo y jodiendo por allí; el mayor expresó que el lugar donde les tocó identificarme estaba oscuro, incluso en la morgue nunca estaba seguro si era realmente yo, además, que los patólogos eran unos irresponsables; mi padre no dijo nada, sólo escuchaba; y mi esposa no paraba de llorar, era como me hubiesen matado de nuevo. llegaron al hospital y me buscaron, luego me encontraron en la morgue, estaba entre los que iban a llevar a la universidad para que los estudiantes de medicina me jorungaran.

Y esa fue la única vez en la que falté a una cita.

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