Capítulo 7

Desde niño sintió que era diferente, lograba aprender con facilidad. En su adolescencia esa habilidad desapareció.

Terminaba la tarde, estaba en un café junto a una chica llamada Brigitte, la de cabello castaño claro ensortijado como caracoles dorados ahilados en seda blanca, ambos conversaban y él estaba seguro de que la llevaría a la cama hasta que por alguna razón alguien tomó una guitarra y ejecutó la más hermosa canción que, por lo menos hasta ese entonces, habían escuchado.

-Yo puedo aprender a tocar guitarra, y hacerlo mejor que él.-

– Si tú lo dices.-

-Claro que puedo.-

– No estoy diciendo lo contrario.-

– Pues no parece.-

– Sólo pienso que para tocar así hace falta mucha práctica y tú no pareces del tipo…- No se sabe realmente lo que impulsa a las personas a tomar ciertas decisiones. Muchas veces las actitudes, por mucho que se trate de justificar, a todas luces son irracionales, hasta cierto punto ridículas y en casos extremos fatales. Entonces él no la dejó terminar de hablar, se levantó, pidió la guitarra y la tocó, o por lo menos intentó. A los pocos segundos todos reían y él no asimilaba el error cometido e insistía, ella no encontraba dónde poner la cara. Alguien preguntó si el joven estaba borracho o drogado, se escuchaban quejas desde el fondo y apenas dejó la guitarra en el lugar dónde la había dispuesto el músico notó que ella se había marchado y todos aplaudían no precisamente por su interpretación musical. Nunca más vería a la chica de los caracoles dorados, o no  a la real sino a la que yacía en su mente como recuerdo.

Vagó un rato, se encontró en un antro y pidió una cerveza. Estaba caliente, la bebió como si se tratara de un whiskey de 18 años, no cargaba plata. Entonces ella se le apareció, lo tomó desprevenido y sopló una su oreja derecha. Antes de hablarle, sintió el olor a duraznos pero no sabía de dónde provenía. Una fragancia impregnaba su aura, él parecía ser la única persona que lo percibía. Entonces le preguntó:

-¿Qué perfume es ese?-

-Ninguno.-

-Huele a durazno.-

-Algún día te lo explicaré, pero ahora no es el momento.- Y se marchó. No se molestó en detenerla, sólo acabó su cerveza. Ella le parecía conocida, de algún lugar lejano e intuyó que la volvería a ver, pero no tenía tiempo para en pensar en eso, su mente estaba ocupada con la chica de los caracoles dorados que nunca más volvería a ver o por lo menos en esa vida. Ella, la de los caracoles al igual que la de la fragancia, se había marchado; una lástima, había algo en Brigitte que le atraía y otras tantas más que detestaba pero soportaba debido la infinita gracia de su presencia y su cabello, pero eso no importaba. Quizás entendió que cuando se ha perdido todo, ya cuando la derrota es , incluso, innegable y no hay nada más qué hacer; sólo entonces es cuando los pequeños detalles importan.

Salió, aún se podían ver personas en el boulevard, uno que otro puesto de comida trabajaban a todo dar, un tipo que alquilaba celulares y una banca lotería con un letrero que decía: “ Haga su mejor inversión”. Notó cierta ironía, alguien escribió sobre una lápida en el cementerio: “Tome coca cola con ron”, luego supo que la lápida pertenecía a un joven que murió en un accidente de tránsito. Supuso que el dueño de aquel establecimiento tenía un sentido del humor similar al suyo y también al tipo que escribió sobre la lápida de aquel infortunado joven. Asimismo, le hubiese gustado toparse con la chica nuevamente, la del olor a durazno, pero no fue así. Su aroma había desaparecido, tenía la certeza, y tiempo después lo corroboraría, de que podía encontrarla con sólo seguir su fragancia. Caminó, la mejor forma de aclarar las ideas es caminando.

Su casa no estaba lejos, atravesó el boulevard 5 de julio, llegó hasta el burdel de “La Chica” – Propiamente no es un burdel, pero está ubicado en una zona denominada de “tolerancia” -. Encontró a varias chicas en la entrada, ninguna se fijó en él. Para nadie era un secreto que en sus ojos se veía que no cargaba ni un céntimo en el bolsillo y siguió hasta llegar al final de la avenida Freites, de pronto se le ocurrió la idea de que ese nombre provenía de algún ingeniero o arquitecto que hizo algo genial mas no esa avenida. Era un tramo peligroso, debía cruzar una zona con mucha mala fama, un penal de menores y un caño donde desembocan las cloacas de los barrios aledaños. Primero iría al barrio Romulo Gallegos, la urbanización donde vivía la turca Haddad – amiga de sofia, la de los bailes eróticos – para luego encontrarse  donde vivió Ana Gabriela, ella se había mudado y, aunque él sabía cómo encontrarla, había decidido evitar su presencia no por miedo sino por sentido común. Al final ya eran quince años y él se empecinaba en pasar por esa misma calle con la esperanza de toparse con un agujero cola de gusano y volver al día en el que se arrodilló, mientras ella descansaba sobre el mueble y le recitó varios poemas de Neruda. Aún estaba el grafiti: “Te amo Gaby”, lo leía y reía; las personas escriben cosas muy curiosas en las paredes y hay palabras que se olvidan.

 Vagó por unos instantes, llegó a la cancha de básquet y se sentó, observó un par de partidos y continuó. Se enrumbó, salió al cuartel Anzoátegui, siguió hasta llegar al puente Monagas. Una vez allí bajó al río y orinó, vio a una pareja de vagabundos cogiendo; al comienzo no le prestó atención y siguió orinando, luego observó y se dio cuenta de que eran dos hombres, además, otros estaban esperando y cuando notaron su presencia le invitaron a participar. Huyó. Se recriminó haber bajado y corrió, continuó su camino hasta la pensión. Ya era mucho.

Entró a la habitación, sacó cien bolívares que estaban bajó el colchón y fue a la licorería, compró un par de cervezas, una botella de caña clara y unos nachos. Regresó y bebió hasta quedarse dormido.

Soñó que atravesó un desierto y llegó  a la entrada de un paraíso. Allí lo recibió un chico con voz ronca. Hablaron un rato, luego su acompañante sacó una guitarra y tocó algunas canciones de Nirvana. Se sintió asombrado, maravillado porque su voz, gestos y rostros eran parecidos al intérprete. De hecho, era igual al intérprete, pero en sus sueños él sabía que no podía ser.

-Te pareces a Cobain.-

-Pues no lo soy. No sé quién es ese carajo.-

-¿Dónde aprendiste a tocar así?-

-Por allí. Si quieres te explico. – Anduvieron un rato practicando hasta que Cobain – al final terminó llamándolo como al artista.- le dijo que no había nada más que pudiese enseñarle, tendría que ir con sus amigos para que le explicaran otras canciones, métodos y trucos. Entonces lo guió hasta una escalera, le dijo que al final -en la cúspide- estaban otros guitarristas dispuesto a explicarle cómo tocar decentemente. Ascendió y llegó a un palacio, no existían palabras que pudiesen describir la belleza de aquel sitio. Las puertas eran de oro, el piso de mármol y a lo largo de la entrada una cantidad considerable de estatuas gigantes talladas en marfil. Los jardines colgantes de babilonia, eso le dijo un conserje. Quiso hablarle al empleado pero desapareció al instante, siguió su camino hasta llegar al palacio. En la entrada estaba un tipo parecido a Slash, no se le distinguía el rostro pero tenía un aire a todas luces rockero y desaliñado. Entonces se abrieron las puertas e ingresó, inició su aprendizaje.

Era una especie de iglesia, pero en vez de santos había estatuas de guitarristas y estrellas de rock; estaba la de Jim Morrison mientras una chica se lo mamaba, Kurt cobain con una escopeta en la boca y un aro sobre su cabeza, Chuck Berry tomado de la mano de una niña de risos dorados, Presley alado sobre una nube imaginaria y una corona, Paco de Lucia con un sombrero típico mexicano, y otros. Y entonces cuando observó la de Charlie Sheen aspirando cocaina sobre el ano de una joven dijo:

-Ese no es una estrella de rock, ni siquiera toca la guitarra. – El conserje, que de alguna forma se las ingenió para aparecer de nuevo a su lado, respondió:

– No es nada de eso, pero nos cae bien.- Y desapareció.

Al levantarse tenía las manos ensangrentadas, no podía articular movimientos de los denos ni los brazos. Por suerte entró uno de sus vecinos y lo llevó al hospital donde no fue atendido sino hasta la tarde. Todos los músculos estaban desgarrados, el médico dijo que nunca había visto algo parecido y le explicó que difícilmente volvería a escribir. Nadie encontraba una respuesta coherente a lo sucedido. A partir de ese día, y por una buena temporada, fue conocido como el ñeco.

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