Ya vendrán tiempos mejores.

La historia es conocida, sin embargo, fue reducida a mito. En las conversaciones siempre surge el amigo de un amigo de uno de los asistentes al culto o alguien que escuchó lo sucedido. Nunca vi la nota en el periódico, tampoco asistí a la iglesia. Me enteré de los hechos por alguien que los comentó mientras tomábamos un café antes de ingresar a la oficina. Entonces no estoy seguro si lo relatado aconteció o si esa persona exageró.

Estamos conectados. En algún momento de nuestra existencia todos estuvimos tan comprimidos que ocupábamos el volumen de un átomo. Claro, eso fue al principio del tiempo… quizás antes. fuimos del tamaño de un átomo y navegábamos en una infinita nada o algo parecido. Imagino que teníamos una masa más o menos homogénea pero inestable. Entonces sucedió algo que desencadenó una explosión y, desde ese momento, ese universo se expande a la velocidad de la luz. A pesar de ser la misma masa hoy en día, con todo y esto del avance de las telecomunicaciones, nos volvemos distantes; como trozos de hielo vagando en un mar infinito. O no infinito, pero sí lo suficientemente grande como para aparentarlo. Esa falta de comunicación nos frustra, y parte de nuestro fracaso degenera en violencia. Pensaba en todo eso mientras conducía hasta al trabajo. Durante la noche no pude dormir y tenía una idea dándome vueltas en la cabeza. Había tenido una inusual pesadilla.

Soñé que desayunaba pan tostado con mermelada. Ella se acercó y preguntó:

-¿Quieres más?-

– Sí, un poco. – Respondí. En eso vi a la que en mis sueños era mi esposa. En realidad Ana era una chica de la que estuve enamorado en mi juventud y su rostro se repetía en mis pensamientos con cierta regularidad. Mi esposa se llama Carmen, y así como Ana, tenía 7 meses de embarazo para el momento en el cuál sucedió todo aquello. Ana fue a la cocina y regresó con una bolsa de pan y un tarro de mermelada.

– Tengo una mala noticia.- Dijo.

-¿Cuál?- Pregunté.

– No hay mermelada.- Volteó el tarro, estaba vacío. Vi su rostro, sus ojos mostraban un desconsuelo semejante al de un ciervo cuando una leona posa la mandíbula sobre su pescuezo. También había algo de picardía y una sonrisa que combinaba con ese ambiente de domingo por la mañana que reinaba en mi sueño.

– No te preocupes, algo habrá en la nevera.- Respondí. Ella volvió a la cocina, tomó un cuchillo y regresó. Se acercó y acarició mi rostro. Luego abrió su vientre y, sin dejar de sonreír,  sacó al feto, lo tiró a un lado, cortó el cordón umbilical y untó el pan con su placenta. El feto yacía en el piso, bañado en sangre y ella aún sonreía con esa mirada de ciervo condenado. Colocó el pedazo de pan sobre la mesa. No pude evitarlo, era como si una fuerza invisible y monstruosa me atara a la silla. Entonces sucedió, sentí en mi paladar un sabor exquisito e irrepetible hasta el momento y me vi en un espejo devorando el emparedado.

Seguidamente tomó el cuchillo, lo pasó por su lengua y lo lanzó cerca de un matorral – ya no estábamos en el apartamento, sino en campo abierto.-. Reía mientras sus lágrimas brotaban por su rostro y la brisa zarandeaba su cabello.

Desperté. A mi lado estaba Carmen, susurraba algo ininteligible. Acaricié su barriga, coloqué mi oído cerca como si con eso me cerciorara de que todo estaba en orden. Observé el reloj, y no pasaban de las tres y media. Durante el tiempo restante de la madrugada no dormí, con esa clase de pesadilla dudo que alguien hubiese podido conciliar el sueño. Entonces, antes de ingresar al trabajo mientras me tomaba un café y escuchaba el parloteo, alguien contó lo sucedido en la casa del pastor aquel que salía en televisión.

Se estimó que entre cinco y siete drogadictos entraron a su casa, lo sometieron. Violaron a su esposa e hijas – eran dos niñas y la mayor tenía la edad de mi sobrina Camila, cuatro años-, luego las asesinaron; las tomaron por los pies, balancearon sus cuerpos y le estrellaron la cabeza contra la pared. Aún no se tenía claro si lo hicieron antes o después de asesinar a la esposa, sin embargo, lo cierto es que le abrieron el vientre, extrajeron el feto, lo desmenuzaron y obligaron al pastor a tragárselo – Años después me enteré de que encontraron un tarro de mermelada en la escena del crimen-. Él Fue el último en morir; le arrancaron la cabeza y la colocaron en el congelador. Y para rematar, con la sangre de las victimas, dibujaron algunos diagramas en la pared y había indicios de que una misa negra fue realizada en el lugar. La cuestión es que esta historia no es invento mio, sucedió en la localidad del Tigre, estado Anzoátegui; fue un asesinato que conmocionó a todo el oriente del país, incluso tuvo connotación nacional. Actualmente nadie recuerda el nombre de las víctimas, mas sí el crimen.

Así fue. Ana tenía una linda familia. Lo sentí, al igual que muchos que llegaron a conocer a las victimas. Nadie lo dice para no quedar como loco. Sin embargo, no es una idea descabellada pensar que su dolor fue tan grande que lo trasmitió. La cuestión es que todos estamos conectados; sentimos igual, pensamos diferente. No importa cuánto crezca la población, al final siempre seremos uno. Y si alguien muere, lo hacemos todos. Si ese alguien mata es como si se matara a sí mismo. Entonces asesinar por placer es antinatural, inclusive los grandes depredadores no lo hacen. Pero nosotros no somos depredadores, con suerte algo  peor; indescriptible, por lo menos en este idioma y ese pensamiento que nos diferencia  de alguna forma que no sabría explicar hace que nos odiemos a nosotros mismos al punto de despreciar la vida y cometer actos como el mencionado.

Hasta el día de hoy no se sabe nada acerca de los autores del crimen. Él fue enterrado junto a su familia en el cementerio municipal. Tuvo una hermosa misa, asistieron muchas personas. Muy pocos lo recuerdan ni siquiera sus discursos, mas el crimen se mantiene vivo y pasa de boca en boca con algunos detalles incorporados, no por las víctimas sino por lo sádico del hecho.

Después de dos meses y siete días tuvimos a una niña, la llamamos Gabriela. Ella es hermosa, a veces, mientras duerme, le toco el pecho para cerciorarme de que respira. Fui despedido del trabajo; no me preocupa, ya encontraré otro y aún tengo problemas de insomnio. Todo sigue igula, el universo no dejará  de expandirse  y, eventualmente, ya vendrán tiempos mejores. Supongo.

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