Capitulo 8

Ella era una mujer extraña; sentía una singular afinidad por los marginados, los no amados, los animales feos y las cosas rotas. Sin embargo, yacían en ella cualidades excepcionales; hablaba varios idiomas, tocaba el violín y estaba dotada con una memoria casi eidética. Detestaba el sushi, amaba el brócoli y le apasionaba la fotografía. Tenía una bicicleta rosada con una carabela pintada a un costado, esa imagen también estaba tatuada sobre su muslo derecho. Era buena dibujante, su color favorito era el marrón y no lo usaba en sus obras. No resultaba extraño verla plasmar vasos rotos, edificios abandonados, vagabundos, borrachos, prostitutas y cuanta cosa pareciese hermosa desde su peculiar punto de vista. También estaba esa fijación por los duraznos que nadie podía entender, pero a él le agradaba y nunca preguntó el porqué.

***

Caminaba por no sé cuál avenida un viernes por la tarde. Llovía y estaba empapado, regresaba del trabajo. En algún momento del viaje sintió que alguien lo observaba y ese olor a durazno de nuevo, se detuvo y buscó con la mirada algún gesto extraño en quienes estaban por allí. Entonces ella se acercó y preguntó:

-¿Puedo tomarte una fotografía?-

No respondió, se marchó. Al igual que ella,  sentía una rara empatía por los caídos, destronados y fracasados; por aquellos que lucharon,  sufrieron y perdieron. En las olimpiadas, durante la carrera de 100 metros planos,  se fijaba en el último lugar. Veía su lucha, tratar con todas sus fuerzas y saber que su cuerpo no respondía. A veces grababa las carreras, quería ver sus expresiones justamente al final. Lamentablemente la televisión siempre enfocaba al ganador con esa maravillosa sonrisa de dientes simétricos y blancos. Eso le aburría. Las celebraciones resultaban repetitivas, por lo general  abrazaban la bandera o mordían, lamían, izaban o besaban la medalla o trofeo. Nunca sintió agrado por esos ganadores, le parecían falsos; como todo aquel que se considera poeta, había una indiscutible afición por los perdedores y eso no cambiaría aún después de todo el asunto con el padre de ella y el ladrón de los sueños. En cuanto a los ganadores, los detestaba,al igual que la gente en general, en especial por aquellos con tan grandes pretensiones como sus ideas preconcebidas de la vida y felicidad. Entre ellos existían muchas cosas en común, ninguno de los dos pensó en conocer a alguien igual y, al final, ella debía matarlo pero para ese instante ninguno de los dos lo sabía.

En la siguiente oportunidad ella dibujaba. Algo le decía que la había conocido anteriormente, me refiero a mucho antes de que lo fotografiara. Era un asunto de sus sueños, desde aquella oportunidad en la que soñó con el palacio de las guitarras y amaneció con los brazos ensangrentados ya no había sueños, pero ella permanecía allí, eventualmente se le aparecía como una imagen desfigurada en un feto servido en un plato de porcelana. Estaba identificado, era como un espejo y, sin embargo, no se atrevía a buscarla. Cuando realmente se conocieron llegaron a hablar sin hablarse, no se sabe exactamente hasta qué punto pudo entender sus intenciones o pudo prever sus pensamientos hasta negarlos totalmente y permitirle intentar robar su tesoro o por lo menos intentarlo.

Su relación era casi perfecta, eran dos mentalistas en potencia. En algunos casos ni siquiera había pensado y ella lo sabía. A veces deseaba ir a la cocina y ella le traía un jugo o galletas, antes de sentirse preocupado o cansado sentía sus brazos alrededor de su pecho, hablaba en un tono conciliador y neutro durante esos momentos. Era ese tipo de sensación difícil de  explicar, pero  en todo caso linda.

Ese día, mientras dibujaba, le dijo:

-Pintas muy bien.-

-Dibujo, no pinto. Es diferente-

– Entonces dibujas muy bien.-

-Lo sé. – Apenas la escuchó, pensó en marcharme y como si ella hubiese advertido sus intenciones agregó:

-Me puedes acompañar…si quieres.- Así comenzó.

***

De niño tenía ciertas impresiones; en algunas oportunidades estaba sentado en una dirección, pero sentía que sus piernas apuntaban a otro lado. Muchas veces no eran sólo sus piernas, también brazos, tronco y cabeza. Era una sensación vaga, pero presente. También olvidaba lo que hacía durante una caminata, sólo recordaba el inicio y el final. Un día le comentó acerca de ese asunto. Ella anduvo dubitativa por un tiempo, luego dijo:

-…Como si tu cuerpo quisiera hacer otra cosa.-

– O estar en otro sitio. – Agregó. Sobrevino un silencio.

– Mi nombre es Ana…Ana Gabriela.-

– ¿Y no es Pamela?-

-No.-

-¿De qué color es tu pelo?-

-¿Qué?-

-Nada.-

-¿Para qué quieres saber el color de mi pelo?-

– Me refiero a que cuando te conocí lo tenías rojo, después te lo teñiste de verde. Me di cuenta por las fotos que en alguna oportunidad lo tuviste negro con mechas azules, luego amarillo pollito. No es que diga que te quedan mal, todo lo contrario.-

– ¿Estás diciendo que estoy medio loca?- Sonreía. Fingía estar ofendida, y lo miraba como hurgando la respuesta de algo que no sabría explicar.

-No, de ninguna manera. Sólo que hay cosas que no entiendo.-

-¿ Cómo cuales?.-

-¿Por qué te gusta el marrón?-

-¿Qué hay de malo en eso?-

-No tiene nada de malo, sólo que es el color de la mierda. ¿ Por qué no escoges el azul o el rojo?-

-¿ El color de la mierda?-

-Sí, sin ofender.-

-Pues para tú información también es el color de la madera y la tierra.-

– La tierra es verde…- La conversación se extendió más de lo previsto, en algún momento dijo:

-…Castaño oscuro.- No recordó nada más.

***

Ella, a pesar de que sentía cierta empatía por las cosas rotas no disfrutaba quebrándolas, en especial a las personas. Y sin embargo, lo hacía. Quebrar a una persona es algo sencillo; hazlo querer una cosa y luego lo robas, eso se lo explicó alguien que dijo ser el padre de ella en una de sus tantas conversaciones antes de aprender a manipular sus sueños. Ella, en alguna oportunidad dijo que era como un karma. Envidiaba a las mujeres que se topaban con patanes que las usaban, no quería saber nada de hombres que juraban amor eterno. Hubo un hombre que lo hizo, pero intentó matarla. En ese instante él levantó la mano y juró que la trataría como a una cualquiera y rieron. Ese día se fueron de rumba para la  playa “El Yaque”. Había una reunión entre colegas, todos eran soñadores y buscaban curar sus heridas y expiar sus culpas, ninguno lo logró.

Existe la rara creencia, y bien fundamentada, de que todo marcha perfectamente justamente antes de irse a la mierda. Esa noche, mientras cabeceaba sobre su regazo, después de una monumental cogida, en aquella carpa medio improvisada en la playa “El yaque”, lo supo; nunca más. Entonces aspiró una bocanada del cigarrillo y dijo:

-Si vivimos juntos nos ahorraríamos un alquiler.-

-No, mejor no. Me gusta vivir sola.-

– Se escuchan cohetones.-

– Sí, se escuchan. – Realizó una pausa y agregó:

-No me gusta cocinar y los domingos no hago nada, tampoco los miércoles.-

– Ok.- Respondió.

-No le veo la gracia a los cohetones; los enciendes, llegan alto y explotan.-Eso fue lo último que dijo esa noche.

***

Le gustaban sus piernas, fuertes y blancas; durante la época que vivieron juntos, eventualmente, se levantaba de madrugada en pijama o con un camisón, él admiraba su cuerpo mientras andaba por allí haciendo no sé qué cosa. Le contó que en alguna oportunidad practicó ballet y fue mala, tenía los senos pequeños pero no se acomplejaba ni siquiera se molestaba en usar sostén la mayoría de las veces. Lo que si la mataba, por lo menos en el aspecto físico, era su frente; era desproporcionada y la disimulaba con una pollina, ella le mencionó que en su infancia la llamaban “frente de papa” y nunca, a pesar de que pasaron muchos años, se desligó de ese apodo. Entre las muchas cosas que le agradaban era que había una pulcritud de personalidad y aseo personal de sus gestos para con él cuando estaba de humor, el olor de su palabra preferida y el nombre que le gustaba repetir en cada frase antes de caer en unas depresiones casi suicidas que le atacaban de momento. En su cuerpo encontraba refugio y sus ojos eran como dos gemas con el brillo de una estrella justo en el instante anterior a desfallecer para convertirse en una enana blanca. Le deprimía pensar que caía en un abismo de contradicciones, comenzaba algo con gran entusiasmo y no lo terminaba. Leía y no leía libros al mismo tiempo, o prometía leerlos y ni los tocaba; era inconstante. Sin embargo, a la hora de amar sentía que sus labios besaban como un microcosmo expandido, pero eso no le impedía pensar que iba en picada y no encontraba la manera de salir.

En un comienzo su relación se basó en  visitas. Luego vivió en su casa por un tiempo, no fue algo permanente o por lo menos no existían intenciones serias de hacerlo por un  largo período. La única condición era que no debía llamarla ni buscarla, ella lo haría y esperaría si estaba ocupado. Tampoco le importaba si estuviese casado, con novia o inmerso en algún lio sentimental; no quería saber nada de él. Sin embargo, él sí estaba interesado en ella pero no lo demostró. Era liberal en todo sentido, no le molestaba pagar las entradas al cine ni abrir la puerta, mucho menos cargar la caja de cerveza o lo que fuese. Todo eso por su independencia. Le cautivaba la forma como tomaba las cosas que los demás consideraban asquerosas y de mal gusto, tan normal y como si fueran cotidianas, puras y majestuosas. También el empeño que le ponía a la cocina con esos platos exóticos de hongos alucinógenos y a sus bocetos, unos poemas que yacían en un libro olvidado, hasta por ella misma, y jamás publicado ni apreciado. Al principio se veía como una especie de inútil, pero resultó fácil amoldarse a ella. No le gustaba cocinar ni lavar ni planchar. Entonces se repartían las tareas; si ella lavaba, ella cocinaba; si él cocinaba, nadie comía pero fregaba los platos y lavaba todo el desastre que dejaba. Y si él era indiferente a su presencia frente a los demás, sus visitas aumentaban en frecuencia hasta el punto de que un día por error usó su cepillo de dientes y su circulo social se limitó a su única compañía. Sin querer convivió antes de lo previsto.

Todo marchaba bien. Pero ella era maniatica, también él. Ella le gritaba, él correspondía. En alguna oportunidad se odiaron y él más a sí mismo por permitirse dejarla entrar en su mente, cuando estaban cerca se distanciaban y todo se volvió un caos. Sin embargo, cuando pasaba el tiempo y él volvía a sus relaciones habituales, extrañaba ese crujido endemoniado, casi loco y narcótico de su ser lleno de verbos, sin adjetivos ni adverbios que lo ensuciasen. Eso lo volvía loco, no había nadie en el mundo como ella. Sabía que le pasaba algo, no quería romper el encanto de una relación aberrante, sin embargo, recordó un cuento árabe en un sueño. Era acerca de un pastor al que le permitieron entrar a un palacio o algo así. Dentro había una cantidad de habitaciones con jardines esplendidos y cosas inimaginables.  Tenía acceso a todos y cada uno de ellos, con la excepción de uno que poseía una cerradura especial. El dueño del palacio le advirtió acerca de las consecuencias si abría esa puerta. Pero el muy porfiado, después de explorar todas las habitaciones, entró en la prohibida. Lo demás es historia. Fue echado del lugar. Entonces, al despertar, le preguntó qué le pasaba y otras cosas más. Ella no contestó. No hubo despedidas ni avisos ni reclamos. También notó que ella estaba presente en sus sueños, no sabía cómo pero había logrado entrar.

***

Después de varios meses sin tener contacto, se apareció en su casa con un manojo de  cartas. Le invitó a leerlas. La mayoría eran proposiciones, algunos poemas de mal gusto y uno que otro texto con intenciones románticas. Muchos pretendientes. No obstante, hubo uno que llamó la atención. Ese, aún después de diez años, le llamaba; la felicitaba por  cada cumpleaños y le escribía textos al celular o a su correo. Cada carta era peor que la anterior, incluso pude prever sus intenciones a medida que las leía. Ella nunca respondió hasta que se enteró de que tenía cáncer. Más por lástima que por otra cosa decidió visitarlo.  Me imagino que por el trato y la insistencia los sentimientos afloraron. Todo bien. Transcurrieron los días, semanas, los meses y los años, el chico no murió. Su salud mejoró, incluso parecía tener mejor desempeño sexual cada día – comentó entre risas – . Luego él confesó que se había curado, el cáncer terminal había desaparecido. Ella no le creyó, pero se sentía mal desear que muriese y lo abandonó. Era un chico pobre, vivía en un campo a las afueras de la capital. No contó cómo lo conoció ni qué tan profundo fue su amorío, pero imaginó al chico; lo visualizó y sintió poco menos que lástima por él. Le hubiese gustado conocerlo,  cuando explicó lo intrincada de la manera cómo llegó a manipularla sintió no menos que admiración por su inteligencia y talento – mal encaminado-. Rió, volvió a reír y rieron juntos, se burlaron de su historia. Lo que para ella era un trauma, para él era un chiste. Ella lo tomó con calma. Brindaron por él y por cada uno de los chicos que se tomaron el tiempo de escribirle. Bebieron, tuvieron sexo, invitaron a sus amigas y tuvieron más sexo. Amaneció y, antes de marcharse, le dijo:

-Nunca me dirás tu nombre.-

-Me puedes llamar cómo tú quieras: Ivonne, Brigitte, María, Elena, Susan, Lourdes, Moreliz, Elda,Edna,… hasta Minerva si te da la gana.-

– Ella.-

-¿Qué?-

-Eres “ella”.-

-Ok. Ni preguntaré qué quieres decir con eso.- Se marchó. La que buscas y rara vez encuentras. O si la consigues está en pedacitos, dañada. A partir de allí no olvidaría su rostro; Tenía el cabello negro y largo, sus ojos grandes como dos azabaches contrastaban con su piel blanca casi pálida; allí se notaban sus labios, finos y nada despreciables, no invitaban pero difícil negarse si lo pedían; y la nariz recta y suave, como hecha a mano. En su mente parecía sonreír, más que eso, tenía la ligera impresión de que ella buscaba algo detrás de sus ojos el día que se despidió. Era un poco rara, hermosa a su manera tan peculiar. Después de un tiempo le escribió, había encontrado la forma de curar sus manos. Ella le había hablado a su padre acerca del incidente de sus brazos, él accedió en conocerlo e iniciaría otro viaje.

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