La cuestión

Todos mis amigos, o por lo menos lo que se atreven, me miran con tristeza. Algunos me dan palabras de aliento y se esfuerzan en contenerse mientras me hablan de lo mucho que me extrañan y las anécdotas de sus trabajos, hogares o donde fuese que estuviesen. A todos los escucho con atención y después de algunos minutos los veo tan desenvueltos que pareciera que no viniesen a visitar a un enfermo, sino a tomarse unas cervezas para pasar el calor de la tarde , sin embargo, es imposible evitar la condescendencia. Al final logro  entender que dejarán de visitarme a medida que mi situación empeore.

La cuestión es que uno de ellos – Javier – hace pocos días me habló acerca de mi enfermedad y de los avances de la ciencia. Quería que me mantuviese optimista y no desfalleciera, pero a todas estas no recuerdo que es lo que tengo. Traté y traté, pero en verdad desconozco el nombre y los síntomas de mi enfermedad. Me siento bien, puedo correr y hacer muchas otras cosas, no obstante, sé que tengo una enfermedad grave, y estoy seguro de que no tiene cura. Eso me tiene pensando, algo afligido y cansado.

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