CAPÍTULO 3

Algunos años antes de que él la encontrara en Pampatar el comandante Yamamoto, no el original sino el que yacía en su mente, estaba de rodillas en una habitación que hacía las veces de cuartel general de la resistencia. Él lo miraba con sorna, sostenía su revólver e insistía en obtener la ubicación del  tesoro. Tenía dos escoltas en la puerta principal y afuera del edificio se realizaba una encarnizada batalla por recuperar lo que, horas antes, se suponía impenetrable.

-Yamamoto. Dime algo…-

-No podrás, lo sabes. Es mucho para ti; aún si las obtienes no lo conseguirás, te desgastará. Sólo él puede…-

-No te preocupes, de eso me encargaré- Guardó su arma, tomó un cigarrillo y dijo:

– ¿Fumas?-

-No.-

– Cierto, eres muy correcto.- Colocó el cigarrillo entre sus labios, lo encendió y aspiró. Por unos segundos mantuvo el cáncer entre sus pulmones y exhaló con satisfacción.- ¿Crees en Dios?-

– Sí, mas no en milagros. Has lo que tengas que hacer y terminemos esto.-

– Entonces tenemos algo en común.- Miró a su contendiente, antiguo camarada, y sonrió.- Creo en Dios, lo cargo en mi bolsillo –

– Ha de ser un Dios bastante útil – Yamamoto sacó un pañuelo de su saco y se secó el sudor del rostro.

– Sí, de verdad que sí. Te lo voy a mostrar.- Metió la mano en uno de sus bolsillos y extrajo un billete.- Este es mi Dios, señaló la imagen de George Washington – Dobló el billete.- Y esta es mi iglesia – El capitolio-.

-Como ya dije, ha de ser un Dios útil.-

– Te voy a contar una historia.-

-Adelante.-

– Hace algún tiempo o erase una vez. ¿Cómo lo prefieres?-

-Erase una vez…-

– Erase una vez un hombre. No un hombre común, era el monarca de un reino casi perfecto llamado cómo se llame el pueblo de la puta mierda. – Realizó una mueca y ajustó su camisa- Allí todos cumplían sus funciones y respondían por sus actos, en última instancia, ante él como la representación terrenal de un Dios que brillaba por su ausencia. – Hizo una pausa, aspiró el cigarrillo y expulsó el humo sobre la cara de Yamamoto-Pero como todo era casi perfecto el Rey se volvió ocioso. Entonces fue cuando comenzaron los robos y él, como encargado del reino y encarnación divina, no encontraba la forma de evitarlos. Cuando al herrero perdió su martillo, él prometió comprarle uno de madera. – Aspiró el cigarrillo y miró la pared- Pero el carpintero no tenía con qué trabajar, el rey quedó en hablar con el leñador. El día que compraría la madera se enteró de que no había porque el leñador estaba enfermo. Regresó al pueblo y buscó al doctor. El médico le diagnosticó algún tipo de enfermedad que se curaba con una mezcla de hierbas y cosas así. Pero el boticario tenía meses que no llevaba los remedios ni hierbas ni nada al pueblo. Él lo buscó y no lo encontró.

-Entonces, a eso has venido. Me contarás una historia con un final feliz- Interrumpió Yamamoto.

-Me deberías dejar terminar la historia.- Botó el cigarrillo, sacó una bala de su bolsillo y la metió en el tambor del revólver que, segundos antes, colgaba de su correa. Lo hizo girar sin dejar de vigilar los movimientos de Yamamoto, luego dispuso del arma y continuó con la historia: –Pues, como decía, aun después de buscarlo nunca lo encontró y el reino cayó en desgracia.

-¿Y la moraleja de la historia es?-

-¡La moraleja es que el puto Rey no servía para media verga!- Gritó.

– ¿Y qué tiene que ver eso con él?- Preguntó Yamamoto. Él retomó la calma y, con una sonrisa en el rostro, preguntó:

-¿Aún no entiendes?-

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