El número once

Hace algún tiempo un científico realizó un experimento; colgó en el centro de una habitación un racimo de plátanos, luego introdujo a diez monos y observó su comportamiento. Cuando uno de ellos tomaba un plátano varios hombres entraban y azotaban a los monos restantes. Después de innumerables golpizas los animales entendieron que no debían ni siquiera palpar los frutos y si alguno lo intentaba, o se acercaba al centro de la habitación, los otros lo detenían.

Allí el científico concluyó: Los monos razonan. El investigador,  a pesar de que su conclusión rebatía diversas teorías y representaba un gran avance para su época, no estaba conforme; quiso ir más allá e introdujo a un mono que no había participado en el experimento. Después de estudiar la conducta del grupo concluyó que sus compañeros no permitieron que el onceavo tomase un plátano. También advirtió que, después de varios días, el mono imitaba el comportamiento de los otros. Seguidamente sacó a uno de los monos que había participado en el experimento desde sus inicios e introdujo a otro que no; los restantes no permitieron que se acercara al racimo – inclusive el onceavo-. Repitió el proceso hasta sustituir a todos los monos viejos, pero ninguno de ellos, aun desconociendo el motivo, tocaba los plátanos. Tampoco permitían que un nuevo mono lo hiciera.

Ayer mi hijo preguntó por qué no debía poner los codos sobre la mesa, lo pensé un rato y dejé que lo hiciera.

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