De esas miradas que lo dice todo y nada

Meses después leería:

 “…Si tú de alguna forma me extrañas es porque mi pensamiento te obliga. Es que creo en esa cuestión de la fuerza del pensamiento; si te pienso, me piensas y al final, como resultado lógico, nos pensamos simultáneamente. No sé si con ternura, rencor, envidia, cariño, desprecio o lo que sea, pero me piensas porque lo hago con tal fuerza que hablo.”

 Ella aceptó encontrarse en un café en una de esas tardes que no admiten adjetivos tal como su mirada mientras hablaba y repetía esa idea del pensamiento. Ella, aun cuando estuvo presente, andaba lejos y él insistía en atarla porque creía en eso de las “fuerzas de atracción”. Pues no, eso no existe o si existe pero en un su mundo. Lo cierto fue que en algún momento de la conversación él calló y ella lo miró. Como dos ineptos se vieron sin encontrar respuestas. Luego él movió la torre, su mano se deslizó sobre la mesa.

-Es tarde.-

-Pues sí.-  Entonces ella sintió unos dedos sobre los suyos, retiró su mano. La de él la siguió, alcanzó y asió. Por breves instantes el aire rozó su antebrazo, pero al desenlazarse calló y resonó. No fue un sonido blando como la carne, sino como el plomo. Permaneció sentado, ella de pie. Miró su rostro, pero no sus ojos. Buscaba respuestas y de repente sus labios comenzaron a moverse, ella gesticuló un código:

-Me tengo que ir.- Ya no lo miraba. La brisa acariciaba su figura tal como él nunca y la tarde en su apogeo, parecía Domingo y no lo era, mostraba un sol sobre un cielo sin nubes.

-Perfecto. ¿Cuando hablamos de nuevo?-  Se repuso casi de inmediato. Hizo de tripas corazón y resarció encarecidamente lo poquito de lucha que faltaba para conservar remanentes de dignidad.

-Un día de estos.- Se marchó. Permaneció unos instantes en el mismo lugar. No la vio partir. Hace algunos años él prometió, ella aguardó. Hicieron caminos y se volvieron a encontrar. Entonces él pensó que era buena idea invadir a Rusia en invierno, allí fue cuando se le ocurrió la idea de la torre por peón y lo de la mano sobre el mantel. Todo tiene su lugar y su momento, los trenes no regresan. Ella lo mencionó en una de esas miradas que lo dicen todo y nada, pero nadie entiende a las mujeres. Una puerta no sólo puede estar abierta o cerrada. Lo deduciría meses después mientras escribía esa carta acerca del pensamiento y su llamado.

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