El pastor sin memoria

Parece contradictorio, pero el camino al éxito está plagado de fracasos. No sólo eso, también hay humillaciones, burlas, lágrimas y, en casos extremos, la muerte. El último representa el fin, mas no puede considerarse una derrota. Se falla cuando dejas hijos sin formar, asuntos incompletos o amores atragantados. ¿A cuántas personas he conocido que les gustaría viajar y no lo hacen? ¿Cuántos han tenido pasiones ocultas? ¿Cuántos han querido pintar de colores su lienzo y lo hacen en blanco y negro? Pues así era José Alberto Díaz; de niño soñó con arcoíris, pero su vida fue monocromática.

Él nació y creció en la isla de Margarita. Trabajó por treinta y tres años en la aduana. Su labor consistía en verificar que los productos que iban a tierra firme pagaran la nacionalización. Sólo veía el recibo del depósito bancario correspondiente a un pequeño porcentaje del costo total de la mercancía y la factura del producto para constatarlo, luego sellaba un aval e imprimía su firma con la mayor parsimonia posible. De vez en cuando hacía una que otra pregunta y los dejaba ir después de corroborar que todas y cada una de las personas que asistían a su oficina lo detestaban y fingían entender la importancia de su trabajo, pero ni él mismo lo comprendía. Y tal vez por eso la mayoría del tiempo no calculaba el pago, sólo sellaba y decía:

-Siguiente.-  Y eso era todo. Así se ganó la vida.

Él, muy en el fondo lo sabía, estaba al tanto de que por cada cien productos adquiridos sólo cinco lo hacían legalmente. Entonces, después de varios años en el mismo empleo, se concebía a sí mismo como un burócrata sin futuro. Pero no corrupto, eso sí que no. Jamás cobró un céntimo adicional por su trabajo, tampoco nadie se lo pidió porque si de sobornar se trataba no sería en su oficina sino con quienes tenían los fúsiles y vestían de verde. Pretendía no entenderlo, era mejor así; la mente humana siempre busca filtrarse hacia pensamientos indoloros. Un hombre nunca tentado no puede enorgullecerse de su ética o moral, sin embargo, él lo hacía porque era a donde su cerebro lo transportaba; un trabajador insobornable que lucha contra el sistema. Con el tiempo dejó esas ideas pudrirse en el estanque de los sueños sin retoño y el firmar y sellar se convirtió en una especie de acto reflejo o una reacción pasivo-agresiva.

***

Por años vivió con su madre y su rutina fue sencilla mientras  estuvo a su lado; se levantaba a las cinco de la mañana, realizaba sus ejercicios –treinta y tres flexiones de pecho y trece abdominales-, se duchaba, vestía y desayunaba. Mientras comía podía prever qué tipo de personas asistirían a su cubil. Y siempre era la señora que iba de vacaciones con el nieto o el amante, los recién casados sin mucho dinero como para viajar al exterior, el universitario que compraba ron barato o el incauto que no sabía nada de nada y andaba molesto por las interminables colas en los bancos y en la entrada de la aduana.

Tomaba el bus al frente de una biblioteca que jamás visitó. Nunca le gustó conversar con algún otro pasajero, pero una vez cierta señora se sentó a su lado, le habló acerca de los implantes en sus tetas y le permitió tocárselas. No la volvió a ver, nunca olvidó su rostro y entendió lo bello que podría sentirse  y verse una mentira. Tampoco pudo explicarse el porqué aquella mujer no le permitió acompañarle aun después de apreciar y sentir su torso .

 Llegaba temprano a la aduana. Por algunos segundos se sentía importante y hacía esperar a los usuarios un poco más de la cuenta. Esos eran los cinco o diez minutos más emocionantes del día; mientras tomaba café y leía las noticias en su cubículo. En algunos casos se pavoneaba por las oficinas o pedía a un compañero una copia de un documento que él tenía en el primer gabinete de su escritorio y sabía que nadie solicitaba. Terminaba su trabajo antes del mediodía, sin embargo, debía cumplir horario; pasaba dos horas y media jugando solitario, ajedrez o dama en su computadora.

Regresaba a las tres de la tarde y de vez en cuando se detenía en Pampatar; compraba media caja de cigarros y caminaba hasta el final del muelle. Cuando la tarde caía llegaba a casa con una bolsa de pan o lo que su madre pidiera. Por años trató de abandonarla, pero era una relación de mutua dependencia. No obstante, allí no era libre de hacer lo que quería. El único lugar que lo hacía sentirse seguro era la Aduana, en el cuchitril donde apenas cabía un escritorio y un poster de Roraima clavado en la pared opuesta a la puerta. Él lo veía cada vez que entraba, pero nunca se le había pasado por la mente hacer maletas e ir hasta allá. Sin embargo, un día se apareció una dama. Y mientras él le preguntaba cuestiones referentes a una cámara digital y otras necedades, ella fingía interés por el funcionario que a fin de cuentas impregnaría su firma y marca en un papel que a simple vista parecía insignificante, pero era mucho menos que eso porque ni para limpiarse el culo servía; se deshacía al magullarlo.

Al final, después de una interminable cháchara, ella vio una oportunidad y él no la notó deslucida. No era una mujer atractiva, pero sobrepasaba con creces las expectativas del funcionario. Ella era dueña de una agencia de viajes y él un misántropo algo tacaño. Claro, en la guerra entre el amor y el interés el segundo prevalece. Así que después de dos semanas él terminó con dos boletos de avión para Ciudad Bolívar, de allí,  y después de juntarse con unos turistas alemanes, partiría para Roraima. Aunque le incomodaba la idea de ir sin pareja no podía desperdiciar el dinero invertido así como así y, para no parecer un solterón desesperado, se le ocurrió la no muy buena idea de decir que él era un enfermo terminal de cáncer que de niño soñó con conocer la Gran Sabana. Esa aseveración condujo a una serie de situaciones que pudieron ser embarazosas con la ausencia de imaginación, ingenio y memoria, más aun cuando uno de sus compañeros de viaje era un reconocido oncólogo, sin embargo, produjo resultados muy favorables; un romance con una viuda de Frankfurt y una reducción en los gastos.

Al final todo resultó en un enredo y no le quedó otra que olvidar que existía una mujer sumamente atractiva en un país lejano. Y todo por la dama de la agencia de viajes.

Cuando recordaba el viaje, tenía la manía de preguntarse cómo se le pudo pasar por la mente que la dueña de una agencia de viajes lo acompañaría, por suerte no le preguntó; sólo asomó un intento de invitación y la mujer soltó una carcajada como si fuese la mejor broma jamás contada. Es que así parecía, una buena parodia. Él la invitó, aun sin conocerla, y ella pasmada no respondió. Sintió pena por él mismo debido a que la respuesta de la mujer fue la más razonable de todas las posibles. Después de unos incómodos segundos él dejó ver su mejor sonrisa y la dama un suspiro. Entendió e inmediatamente se inventó una novia llamada Ivonne Carolina que era internista en un reconocido hospital de Cumaná. Ambos rieron, pero no pudo evitar que la mujer lo viera como un bicho raro o, en el mejor de los casos, como un hombre con un sentido de humor muy peculiar. Lo cierto es que se vio – o se supo- patético e inseguro por unos segundos. No obstante,   como ya se sabe, no todo  resultó mal; el viaje fue como tomarse unas vacaciones -De hecho, coincidió con sus vacaciones-, además, siempre quiso ir un poco más allá y aislarse de su mundo por unos instantes. Nunca había salido de la isla. Sabía de otras ciudades y pueblos, pero nunca imaginó ir allá. Muchos de sus compañeros de trabajo presumían acerca de sus viajes al exterior, en cambio  él era un hombre sedentario.

El 13 de Marzo, muy temprano por la mañana, se marchó. No le dijo a nadie a dónde iría. Lo único que dejó fue a una nota en donde le explicaba a su madre que haría un curso de formación profesional en el exterior. Se sintió como un niño, después de cuarenta años y tener que mentirle a su madre acerca de algo completamente normal no era lo más maduro. Y lo hizo.

***

Cuando regresó todo había cambiado. Era como si hubiesen pasado mil años; las calles irreconocibles y las personas infinitamente peculiares al punto de que le causaba risa su idiosincrasia. De alguna forma que no se podría explicar podría aseverarse que él jamás regresó, su mente andaba perdida en algún lugar reluciente y distante. Se sintió un turista. Llegó con nuevas ideas, quiso aprender alemán y se mostraba hasta diligente con los que iban a la oficina. Nadie podía cambiar así en treinta días, pero lo de él era una cosa que tenía años gestándose; algo que buscaba la excusa para emerger, y así fue. Lo primero que hizo fue ordenar su oficina, luego sellar, sellar y sellar con rapidez a todo lo que se le apareciera por delante. No había preguntas ni café ni periódicos. Tampoco conversaciones ni chismes ni amigos ni hijos ni familiares ni jefes ni desamores. Era como un ser sin memoria; bello, franco y puro. El pasado para él era pasado y no volvería. Había dejado varios fantasmas divagar en su memoria, pero eran pocos; su ex esposa, sus padres y hermanos. No le era reconfortante recordar a las personas tal cuál los dejó, no eran lo que fueron ni sentían lo que sintieron. Se veía ajeno a ese mundo. Y aunque sólo fueron treinta días él cuando regresó encontró opaco su mundo.

Él era de los tipos que congelaba sus sentimientos, y después de 10 o 20 años sin ver a sus amigos los saludaba con el mismo entusiasmo que cuando compartía el mismo sol. Pero ya no esperaba nada, ni siquiera con los que veía a diario. Después de varias semanas ni los miraba cuando se topaba con ellos en la calle, mucho menos expresaba el mismo cariño que cuando hablaba largo y tendido. Ni les escribía porque precisamente el pasado era pasado, no volvería. Trenes que se van y no vuelven…o algo más o menos así. Se alegró, veía cumplir sus metas por cada céntimo ahorrado. Lo cierto del caso era que no podía volver por algo que enterró por aquellos lados. Y trató; conservaba cada billete y abrigaba esperanzas de que se pudiese repetir lo irrepetible. Todas las mañanas, al entrar a su oficina, veía el afiche de su sueño con una ligera sonrisa. Era una alegría sincera y, como todo lo real, hermosa. Con el tiempo volvió a ser como antes del viaje o peor. Por eso o tal vez en su afán, o búsqueda, de tiempos mejores decidió recuperar lo mejor del pasado y arreglarlo o revivirlo con la ayuda de su imaginación. No fue así, algo no encajaba. Era como cuando remas contra la corriente; sientes que avanzas, pero retrocedes al infinito y aquella luz de aquel faro en la isla que hace tiempo abandonaste, esa que pareciera tan cercana inclusive cándida, se vuelve lejana, pero sin desaparecer del todo. Está allí para castigarte con la ilusión de que las cosas, quizás sólo quizás y si te esmeras lo suficiente, vuelvan a ser como antes. Pero José Alberto lo sabía, tan lejos se sentía del ayer y tan hermoso fue lo soñado que quiso estar en aquel sitio, y allí se quedó; en los recuerdos. Lo que pasó pasó, y eventualmente se olvida; empero lo que pudo haber sucedido permanece una eternidad en el corazón y nos golpea y golpea cada día y cada noche hasta que Dios se apiada y nos hace olvidar y fantasear. Aquella mujer de ojos claros y acento extranjero se paseaba en su memoria y su imaginación arreglaba lo descompuesto. Cuidó de sus recuerdos como un pastor a sus ovejas; las alimentó, las llevó consigo en sus viajes y enderezó a las descarriadas. Y se volvió un amargado, pues en el fondo sabía que nadie lo esperaría en Frankfurt.

Y por eso fue que dejó escrito lo que está escrito sobre su lapida:

-Nunca viajes…-

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