Ciudad Cartón

Entré a la oficina como quien ha vivido por años en una casa que no le pertenece, así tal cual los mayordomos; viven, sueñan, trabajan y, en algunos casos, mueren rodeados de lujos y comodidades, mas subsisten en la miseria. Pudiesen pasar años y años, pero nunca podrán quitarse los zapatos y tirarlos por dónde les dé la gana ni echar un sonoro peo con la seguridad  de quien se siente dueño del mundo que le rodea. Ni en sueños podrán porque ese es un universo ajeno al de ellos, el suyo es servir; ser la base de la pirámide, parte de lo que sostiene un sistema que se consume a sí mismo para postergar su trastabillada existencia. Vivir para ver como los demás Viven. Y eso es lo único cierto paras quienes entran a las oficinas como gentes de confianza – a pesar de los halagos, estudios o preparación que puedan tener- porque sólo 10% de la humanidad vive y el 90% restante trabaja para tal fin. Lo peor es que mueren y dejan su legado como en la historia aquella del hombre que “devoraba” los pecados de los moribundos. Pensar que soy como aquel tipo que se autoimpone pecados para que otro disfrute un inmerecido paraíso no me deja tranquilo.

Y a fin de cuentas entré como debía hacerlo. Inmediatamente noté que la oficina no había cambiado desde la última vez; el mismo escritorio, los mismos cuadros, el poema de Rudyard transcrito en un cartón colgado sobre esa misma ventana con vista al mismo parque.  Y, por supuesto, la misma persona sentada detrás del escritorio. Él me esperaba con una sonrisa, hacía tiempo que no la veía. Pensé que se traía algo entre manos, y así fue.

***

José Alberto era singular. Lacónico, caustico y apacible. Entre sus peculiaridades estaba su preferencia por las mujeres gordas y negras, también la afición por la onda retro y todas sus películas en cintas de VHS. Recuerdo su colección de películas clase B. Se contradecía en cuanto a sus gustos porque adoraba a Shannon Tweed la cual no es ni gordita ni negra, pero eso no viene al caso. Indudablemente me caía bien, por eso cuando encontré trabajo y se me presentó la oportunidad de incluir a alguien más, él fue el primero que recomendé para el cargo de coordinador.

 Llegó apenas lo llamé. Se apareció como si nada con su aire desenfadado y dispuesto a realizar un cambio. Vivía con su madre y, desde que se graduó, no trabajaba. Me contó que a cada rato le recordaban que era un mantenido y no hacía más que beber e ir de putas. También manifestó que le daba pena pedir dinero a sus padres, pero, con todo y eso, describió sin pudor alguno su protocolo; primero limpiar, lavar o reparar cualquier vaina de la casa, luego quejarse de la situación del país y de lo complicado que es encontrar trabajo y, al final, pedir prestado el dinero para cualquier cosa que necesitara con algunos cargos extras – lo repondrá cuando trabaje-. Y todo eso era para irse de putas los fines de semana.  Después me enteré de que su novia le pidió matrimonio. Cualquiera pensaría que se ganó la lotería. Tenía años sin ver a Marigree, pero era una chica linda y muy dedicada a sus estudios, supuse que también al trabajo porque había sido promovida. Él no quiso mencionar nada más con respecto al ascenso de su novia. Inmediatamente le expliqué de qué trataba el trabajo, las bondades y algunas desventajas – la mayoría las intuyó sin mi ayuda-. Como no éramos de la ciudad busqué dónde podría alquilar porque donde yo alquilaba no había sitio. Quedó en ir a una pensión bastante humilde muy cerca de donde yo vivía.

***

No dijo gran cosa, me pidió que tomara asiento y extendió su brazo. La estreché, pero en el movimiento tumbé un vaso lleno de lápices. Todos se desparramaron sobre el escritorio. Quise recogerlos, mas él insistió en que no lo hiciera. Reclinó su asiento, estiró sus brazos y sonrió. Me senté. Leía, en silencio, el poema de Rudyard y pensaba en qué carajo quería. Allí comenzó su discurso.

***

José Alberto me invitó a beber, de allí fuimos a donde las putas. Primero lo llevé a una casa de “citas”, no encontró una que le gustara. Todas eran muy flacas, operadas, blancas y hablaban una barbaridad de pendejadas, las muy putas se creían intelectuales porque leían a Paolo Cohelo. Bajamos de categoría, fuimos a burdel cerca de la avenida Santiago Mariño. Allí se sintió un poco más cómodo – yo también-, pero no había negras como las que él buscaba ni las chicas – o señoras – conversaban de cosas interesantes, aunque no aburrían con su arrogancia ni presumían de sus operaciones. Sabía de una tasca que estaba ubicada en Ciudad Cartón – le dicen así porque es un barrio con casas muy humildes hechas de cartón y láminas -, allí era lo peor de lo peor – y más tarde lo comprobé-.No deseaba ir. Cometí el error de comentar lo que sabía mientras charlábamos con una puta del burdel. Ella contó que existen un serie de reglas para ir allí; no te interesa lo que hacen los otros clientes, no debes verlos; no mirar a nadie directo a los ojos; no importa qué suceda, nunca meterse en peos ajenos; si te piden cigarros es mejor darlos, y si no tienes debes colaborar para comprar; hablar en voz baja; no llevar ropa ni calzado importado; y pagar en efectivo, preferiblemente por adelantado. Las mujeres eran de lo último, lo más bajo que podía existir y eso era lo que él ansiaba.

Llegamos, no sé cómo pero lo hicimos. En la entrada estaban unos tipos tirados en el suelo, uno de ellos lamía su propio vómito para que otro le diera un trago de ron, y algunos transexuales mostraban sus atributos a los recién llegados. Encontramos lo que buscaba; era una chica de Trinidad que no hablaba español. Lo primero que hizo fue acordar el precio, luego entró a la habitación. No le gustó porque se escuchaba lo que hacían en los otros cuartos, también debido a que al lado de la cama estaba la cocina y el fregadero. El baño era un cuartico con un tubo lleno de agua y un hueco en el piso. Después de hablar con el dueño del local la sacó a pasear. El precio acordado era el doble de lo que costaba media hora con una chica de la casa de citas que visitamos temprano. No comentó lo de la amenaza de muerte si la muchacha no llegaba a las 6:00 am a la tasca, tampoco lo del sobre con perico que cargaba entre las tetas.

Ella no hablaba español, a él no le importó. Manejamos hasta el Yaque, compramos unas cervezas y nos sentamos en la orilla de la playa. Bebimos ron, hablamos de una que otra pendejada mientras la chica asentía como si entendiese de qué charlábamos. Y luego él se la cogió en la playa. Me convidó, pero no lo hice. La llevamos de regreso al burdel y no he sabido más de ella, sin embargo, tengo entendido que continúan en contacto.

***

– Sabes que te aprecio. Has trabajado aquí por más de… ¿Cuantos años? – Esperaba mi respuesta. Permanecí impávido, no respondí – No importa. Llevamos años en la compañía, pero tengo la obligación de hacerte saber que la empresa desea prescindir de tus servicios. No es nada personal, no lo tomes a mal. Debes entender que la decisión tomada se debe a tus recientes y constantes faltas al reglamento en lo referente a la convivencia con tus compañeros. No puedo permitir ese tipo de actitud y, por decisión unánime, concluimos que lo mejor, y lo más sano, es que te marches. – Realizó una pausa, esperaba mi reacción. Su rostro se asemejaba al de los catadores de vino; degustando su bebida. Debido a que no mostré signos de molestia continuó con su charla:

-Esta decisión es irrevocable. Reconozco tu calidad de trabajo y tus conocimientos. Entiendo que eres un excelente profesional, pero te falta mucho por aprender. Toma esto como una lección de vida, estoy seguro de que te irá bien y podrás franquear este pequeño obstáculo, pero no aquí.- Sus ojos brillaban. De alguna forma que no puedo expresar noté que sentía un infinito placer mientras me mandaba al carajo. Y decía todo aquello respecto a mis virtudes y conocimientos de una forma que parecía sarcástica o tomada de un manual.- Pasa la semana que viene por recursos humanos y te daremos tu paga.- Al terminar se levantó, extendió su mano y dijo:

-No hay rencores.-

-No.- Respondí. Me paré y estreché su mano con desgana. Dispuse marcharme y, justo antes de abrir la puerta, lo observe mientras recogía los lápices que yo, torpemente, había tirado.

– Allá. En la esquina, justo al borde del escritorio está otro.-

-Ah, gracias.- Y sonrió. Di la vuelta y nunca más volví.

***

El día que recibí mi paga fui a la playa el Yaque. Me ubiqué en el mismo lugar donde me recosté mientras José Alberto, bien lejos, se cogía a la puta. Pensé muchas cosas y sin meditar mucho me dirigí al único lugar donde las respuestas son sencillas.

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