Ella no quería que él pensara que era una puta

Hablaba con una amiga. Ella me contaba acerca de algo que le pasó hace unos meses. La cuestión es que siempre me buscan para un favor, y te llaman  “amigo” siempre y cuando le resuelvan uno que otro “problemita”. Es como si tuvieran una agenda; el “amigo” que arregla neveras, el que es chef, el que trabaja en el aeropuerto, el que es ingeniero… Pero ese no es el asunto en cuestión. Resulta que ella conoció a un tipo – un extranjero – . El tipo era agradable, le atraía y le inspiraba otras cosas más. Un maldito italiano, los odio. Lo cierto era que le gustaba, de verdad que sí y no como uno piensa, sino que literalmente quería chupárselo y todo eso. Las mujeres son más morbosas que los hombres, debe ser porque la sociedad las reprime. Uno cuando ve a una chica le puede lanzar un piropo, pero ellas no. Pero sin extenderme mucho en cosas que no vienen al caso; ella llegó a la casa y empezó a hablar pendejadas. Es normal que me pregunten por mis vainas de escritor ( fracasado ), el trabajo y todas esas necedades que aburren. Sin embargo, me extrañó su visita. En el fondo sabía que no lo hacía porque me echaba de menos o ansiaba mi compañía. No es que ando bajo de autoestima, pero la conocía y sabía que no hacía nada gratis. Mientras seguía eufórica preguntando cuando publicaría mi bendito libro, yo buscaba respuestas acerca de qué coño quería. Y le pregunté. Primero fingió sentirse ofendida y dijo que no pensara así de ella. No hice gran cosa, sólo abrí la puerta de mi casa,  agradecí su visita y le comuniqué que, cómo ya había confirmado mi estado de salud y todo lo concerniente a mi bienestar, se podía ir a la mierda. Entonces al fin lo soltó; me contó que el tipo la invitó a un hotel. Ella sabía para qué y lo quería, él también estaba al tanto y lo ansiaba, pero estaba el peo mental que tienen todas las mujeres o por lo menos las de mi país; no cogen en la primera cita para que no piensen que son putas. De allí que se aguantan las ganas y dicen que no. Pues el tipo no insistió y se marchó para su tierra.

***

Llegó a mi casa como si no hubiese pasado un año, o como si yo no tuviese  nada más qué hacer. En realidad no tenía mucho qué hacer, pero no era el hecho. Vino y dijo que deseaba ubicar a un italiano de mediana estatura, ojos claros, cabello castaño, blanco y con un tatuaje en el brazo que era una especie brujería protectora que hizo el chamán más antiguo de la tribu los “MASAI”. Eso sucedió – según ella – en un país de África que ni me acuerdo, pero era de un nombre bien raro hasta que, meses después, una provincia declaró la independencia y comenzó una guerra civil con miles de refugiados y todo eso que vemos en facebook. Y también me contó que él era fotógrafo de National Geography o de otra revista que ni puta idea, pero que es burda de famosa. No entendía qué quería de mí ¿Cómo podría ubicar a una persona de un país extranjero sin siquiera saber el nombre o la edad o cualquier mierda ? Sólo sabía unas pendejadas de una loca que no lo conocía, pero quería tirárselo. No soy policía ni detective y si lo fuera estaría investigando asesinos en serie o narcotraficantes, no estaría con esas pendejadas.

Le recomendé que fuera a Italia a ver si tenía suerte, le dije que era un país pequeño y que todos se relacionaban. Ya me tenía harto con el asunto del italianito y de esos detalles que me importan una mierda – mirada, tono de voz, perfume y más – ignoro si notó mi fastidio, pero le repetí que estaba ocupado y le rogué que se largara. Desde ese instante comenzó a explicarme.  Expresó que yo era del ambiente literario, allí todos se conocen. Todos los “artistas”  forman una especie de gremio o secta. Él era un fotógrafo y yo un escritor. Él tenía fama mundial y yo no, pero debía saber de alguien ( con fama mundial ) que supiera quién era ese bendito italiano hijo de puta. Insistía en que debía existir una conexión entre nosotros. Pensé y pensé, luego me acordé de que me presentaron a un fotógrafo en un recital de poesía. Le dije que lo llamaría más tarde y le avisaría, pero ella suplicó que lo hiciera en ese momento. Lo hice. Él me atendió de vaina, estaba en una sesión de fotografía en el palacio de la cultura  y dijo que lo disculpara por no poder hablar.

A ella no se le ocurrió otra cosa más que convidarme a esa sesión. Lo esperaríamos afuera del palacio, en el café donde se sientan todas esas mierdas que se creen intelectuales. Allí de vez en cuando se hacen recitales y otras marisqueras. No me gustaba la idea de ir, pero ella insistió. En el fondo aún estaba enamorado, siempre pude detenerla o no atender a sus reclamos; pude mandarla al carajo, pero no lo hice.

 ***

Llegamos al palacio y observé a Raúl – mi amigo fotógrafo -. Él andaba en lo suyo. Era una vaina toda rara; las modelos estaban desnudas, sus partes íntimas cubiertas por cartones multicolores y sin cabello. Entramos al café, nos ubicamos en una mesita cerca de la entrada. Desde allí veíamos todo el alboroto que ocasionó Raúl con su sesión artística. Ella hablaba y hablaba, parecía entusiasmada; más que eso, nerviosa. Se nos fueron dos horas entre sus chácharas, cafés y mi infinita paciencia. Justo antes de terminar la sesión ella insistió en conversar con Raúl.

 ***

– Raúl.-

– ¿Qué tal? – Se mostró sorprendido ante mi llegada.

– ¿Cómo está todo?- No respondí su pregunta, estaba algo nervioso. Aún no entiendo el porqué me costaba reaccionar.

– Todo bien. ¿Y tú?

– Todo bien. En eso que llaman arte.-

– En lo mismo.-

– Te presento a una amiga.- Ella no permitió que terminara de saludar, sólo comenzó su parloteo. Él la miraba con atención, o le miraba las tetas, y ella le explicaba el asunto del amigo italiano que se marchó y dejó una cámara fotográfica que ella ansiaba devolver porque, a según, era invaluable. Mentía, mentía, sabía que falseaba y Raúl también. Pero él quedó en ubicar al tipo y no preguntó grandes cosas porque estaba al tanto de que todo era un engaño; una cámara para un fotógrafo es como una extensión de su cuerpo, es inconcebible olvidarla.

De allí caminamos unos minutos por la avenida, no me llevó a mi casa porque tenía unas cosas pendientes en el trabajo y necesitaba regresar a su oficina. No le reproché, pero deseaba ahorcarla. Por suerte tenía algo de dinero en el bolsillo para pagar un taxi, no lo hice; compré una botellita de ron blanco y bebí en una plaza cercana al palacio de justicia. Cuando se acabó tomé el bus y me quedé dormido en uno de los últimos asientos. Llegué a la última parada, tuve que caminar a mi casa. Pensé muchas cosas y tuve una larga discusión con la almohada.

***

Aún no sé nada de ella. Tampoco traté de averiguar qué pasó. Ella nunca llamó, ni yo lo hice. Cuando hablé con Raúl – hace pocos días – ni la nombré, pero tenía ganas. En realidad desconozco hasta cuando aguantaré con la duda; ignoro si encontró al italiano. No tengo la más mínima idea si tiró con el tipo, o sí lo hizo pero él la mandó para el carajo o cualquier verga que satisfaga mi morbo. No lo sé. De lo único que estoy seguro es que ella no quiso tirar con el tipo para que la gente – o él – no pensara que era una puta. No, definitivamente no es una puta. Pero sí una completa desquiciada y yo, a pesar de que la amaba, fui su celestino.

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2 pensamientos en “Ella no quería que él pensara que era una puta

  1. Fany

    Me encanta la forma en la que escribes, por lo menos a mí, me traslada y me haces sentir parte de la historia. Gracias y no dejes de escribir. 🙂

    Responder
    1. robertoaraque Autor de la entrada

      Gracias. Aunque es un poco misogino y tiene una ira pasiva. En realidad me alegra que a alguien le agrade mi relato. En especial a una mujer, espero que no mal interpretes el relato. En realidad lo que deseo expresar es que dejamos de hacer muchas cosas por que tememos a lo que la gente piensa. Eso fue lo que le sucedió a la chica.

      Responder

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