Mi nombre de Loro

Si la calidad de la obra de un artista supera su ego, entonces es bueno.

La mayoría de mis excompañeros de clases me conocen por mi primer apellido. Es fácil de recordar. Cuando estudiaba, si alguien en mi liceo deseaba encontrarme y pronunciaba mi primer nombre inmediatamente le preguntaban una descripción o algún sobrenombre. Eso se debía a que, como era un lugar enorme y asistían como quinientos muchachos, tenía varios tocayos. Conocí algunos; estaba un gordo que puso un espejito en su zapato; el flaco que me dio un codazo jugando basket en tercer año; el trigueño que se la pasaba jugando truco, tenía una hermana que terminó siendo puta; el echón que estaba en el cuadro de honor y siempre quería ser el primero en todo; también había una chica que hubiese tenido el mismo nombre sino fuese porque el suyo terminaba en “a”; y otro flaco que no hacía nada diferente, pero también tenía un apellido raro. Esos fueron los que conocí, o con los que tuve trato. Habría otro montón con el mismo nombre, que hacían las mismas cosas y se vestían igual de lunes a viernes, pero no tengo ni las más mínima idea de sus vidas.

Esta cuestión del apellido me marcó desde la escuela. Siempre era el primero que nombraban cuando pasaban la lista de asistencia. Me sentía orgulloso de mi apellido; es raro y parecía extranjero. No es como un Gonzáles, Romero, Martínez o Rodríguez, es diferente. Una vez la maestra  de sexto grado me preguntó de dónde eran mis padres, respondí que eran de mi casa. Años más tarde esa respuesta permitió realizar la fantasía  de todo estudiante adolescente. En parte adjudiqué esa victoria a mi apellido. Tener uno así era como ganarse la lotería, lo creí desde la primaria. Era lo único que me diferenciaba del resto y tenía que explotarlo. Un día dibujé un escudo de armas y les dije a mis compañeros que pertenecía a la realeza, y por supuesto nadie me creyó – aún me joden la paciencia por esa chiquillada -. En cambio, en mi casa era una cosa diferente; siempre me llamaron por mi primer nombre, por lo menos por un tiempo. Sucede que, un par de años antes de irnos para la ciudad, se mudó una señora a la casa de al lado. Venía de Barinas – un estado de Venezuela – y era una mujer de una edad considerable, viuda y sin hijos. Tenía una mascota; un loro. Lo adoraba, no lo tenía enjaulado y lo mimaba todo el tiempo. Como no había muchos carajitos por donde vivía me la pasaba en casa de la señora curioseando. Noté que a veces el loro se perdía por unos días y volvía. Era raro o por lo menos lo pensé así hasta que me enteré de su habilidad. Él era especial, la señora lo había entrenado y macumbeado con una brujería que ya no se practica; bastaba que le susurrara un mensaje seguido de unas oraciones, y el animalito volaba a dónde la vieja quería. Cuando llegaba repetía lo que le habían dicho hasta que alguien le dijera las mismas oraciones que la vieja había pronunciado, la respuesta al mensaje y otra vez las oraciones para que el loro se devolviera. Era como la versión mejorada de una paloma mensajera.

La cuestión era que el lorito tenía mi nombre, y como lo tenía bien entrenado cada vez que lo llamaba a comer o a llevar mensajes  el bajaba de dónde estuviera. Por lo general estaba en una mata de guayaba que estaba en el patio de mi casa. Por otro lado mi mamá, como yo era muy callejero, siempre gritaba mi nombre; a veces para comer, otras para que hiciera la tarea y muchas para caerme a palos por cualquier vaina. A veces, cuando me llamaba, bajaba el lorito. Eso era un peligro para porque teníamos un perro que llamábamos Terrible. Él, cuando era pequeño, mataba a las gallinas y palomas. De adulto era peor; atacaba a toda persona que no fuera de la casa y se fugaba por las noches. Si el lorito bajaba y el perro lo atrapaba no quedaría mucho.

Una vez sucedió y el perro de vaina lo mata; le arrancó una patita. Pensé que moriría, pero aguantó como los grandes. Cuando se enteró la señora casi le dio un infarto y le formó un peo a mi mamá. Por suerte el animalito sobrevivió, al tiempo se le podía ver con una patita de palo amarrada al muñón, pero no volaba mucho y cuando lo hacía se le veía torpe. A veces llegaba a la casa y le decía a mi mamá que le regalara azúcar o lo que sea, entonces ella me daba una taza con azúcar o lo que fuese y me enviaba junto con el lorito a casa de la vecina. Allá la señora le susurraba al lorito la oración para que dejara de repetir “Azúcar vecina, Azúcar”.  Ella entrenó otro lorito, me dijo que me enseñaría la oración, y lo hizo, pero aún no he logrado lo que hacía aquel. Dejé de intentarlo hace mucho.

La cuestión fue que mi madre, para evitar que se repitiera el incidente, empezó a llamarme por mi segundo nombre. Entonces así fue cómo sucedió; en la escuela me llamaban por mi apellido, en mi casa por mi segundo nombre y sólo mi novia llegó a llamarme por mi primer nombre años después. Nunca me gustó, es nombre de loro. Pero cuando nació mi hijo, mi esposa insistió en ponerle el nombre del loro por la historia referida.

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