DERROTA

No siempre el que persevera vence. De vez en cuando se presentan cangrejos. Hay que entender que no todo el tiempo es posible obtener lo que se quiere, y no por falta de méritos sino porque eso, lo que tanto anhelas y luchas, no es para ti y punto. Triste, pero nada más cierto que lo expuesto. La providencia juega a los dados. Puedes guerrear y guerrear con honor y valentía, pero al final todo es cuestión de suerte. Sí, del azar. Cualquiera pudiese decir que soy un cobarde o alguien sin espíritu emprendedor. Aunque entiendo su posición, después de leer biografías de celebridades uno puede intuir que la palabra claudicar no debería existir, la verdad es que también hay cosas que escapan de nuestras manos, y son la gran mayoría. Ser realista no es lo mismo que derrotista, y tampoco que pesimista. El derrotista ante la primera adversidad, por muy deleznable que sea, claudica; el pesimista, aun aventajado, no lucha pues presiente su derrota. El realista entiende que si no se puede, no se puede y fin del asunto. No y no. No le da más vueltas y continúa con su vida porque conoce sus limitaciones. Sin embargo, el cerebro no reconoce esa palabra. Esto no es difícil de demostrar. Una prueba sencilla; NO pienses en una manzana. La respuesta es simple: obviamente pensó en una, además la imaginó roja y brillante. Y si no lo hizo a la primera, lo pensó en la segunda. Nadie comprende ese concepto, podría decir que esa negación continúa de nuestras limitaciones está en contra del carácter evolutivo del ser humano; siempre deseamos más, aun si está fuera de nuestro alcance.

Pocos entienden la imposibilidad de una empresa antes de tener la soga alrededor del cuello, la mayoría lo hace justo en el momento en el que tienen el iceberg a 10 metros. No obstante hay un pequeño grupo que sí lo comprende, sin embargo, ellos insisten e insisten como aquellos pilotos que se estrellaban contra los portaviones a sabiendas que aun así no los hundirían. Y no es que en su interior guarden un halito de esperanza. No, eso no. Es un suicidio. El dolor desgarra sus entrañas a tal punto que prefieren la ausencia antes que una existencia sin lo codiciado. Quizás porque asumen que admitir la derrota sería abandonar lo esencial; esa chispa que enciende la llama día tras día.

***

Me la presentaron durante un congreso, fue en Noviembre del 2009. Ella, en aquellos días, tenía la cabeza hecha un chiquero; digamos que enamorada, pero la verdad es que resultaba ser algo peor. El mismo día en que la conocí, y después de varias botellas de tequila, me puso al tanto de su situación: Lo conoció en la celebración de sus quince años, dijo que era uno de los músicos contratados por su padre – Años después me enteré de que entró como arrocero a su fiesta y fingió ser violinista para pasar desapercibido -. También confesó que se enamoró desde el primer momento que lo vio. Él, sin embargo, la rechazó porque tenía el ojo puesto en su hermana mayor – No mencionó ese detalle en aquella oportunidad -. Ella insistió porque entendió – no sé cómo- que aquel hombre treintañero, flacucho, desgreñado y bembón era el amor de su vida. Él no pensaba lo mismo y, como era de esperarse, no le correspondió. No obstante, eso no evitó que ella le enviara cartas, rosas y uno que otro presente acorde con la solvencia económica de una quinceañera caprichosa. Él los devolvía con amabilidad – No existe nada peor que la condescendencia-, pero esto, lejos de aminorar aquel mar de hormonas, logró hacer de él un trofeo. Él, entendiendo y habiendo pasado por situaciones parecidas, trató de entablar una amistad con su empedernida admiradora. Ella odiaba su actitud y justamente esa manera de actuar la impulsaba en su obstinación, nunca le gustó ser la segunda y eso era lo que precisamente representaba y nunca cambiaría.

Pasaron los años y lo que en algún momento pudo haber sido una atracción de corte infantil se convirtió en una obsesión, luego tomó un matiz más oscuro y de milagro no terminó en tragedia. Ella hizo muchas cosas por él, cosas que él no pidió pero, ante la insistencia, fueron aceptadas con aparente renuencia. Un día confesó que lo esperaba afuera de la universidad – inclusive en sus clases nocturnas – y cuando él salía la ignoraba o le hacía algún desplante, otras veces se escondía hasta estar seguro de que ella se había marchado, pero la chica en varias oportunidades lo encontró desprevenido. Por un tiempo el evitó, en la medida de lo posible, herir los sentimientos de su perseguidora. Pero la chica insistía; siempre se mantuvo atenta a todo lo que él hacía y nunca dejó que sus desaires le afectaran. No fueron pocas las veces en las que él le pedía que se buscara un novio de su edad, incluso le presentó varios amigos y familiares con la esperanza de que alguno pudiese batir aquel dragón de siete tormentos que lo acechaba. Eso no sucedió.

Por años se aferró a él como una sanguijuela a la carne viva. Pero al enterarse de lo de él y su hermana, desfalleció. Por un lapso, y después de haber echado en llanto un mar, le dejó y se dedicó coger con quien se le atravesara – la conocí durante esa época-. Años después, cuando su hermana terminó la relación con aquel flacucho fracasado, estaba muy corrida, tenía más de un centenar de historias en su vagina y otro millar en su ano, se operó las tetas y sus continuas visitas al gimnasio tonificaron sus muslos, el abdomen y glúteos. Conocía lo que el hombre quería y cómo lo quería, aprendió a hacerse desear y a jugar tanto con hombres como con mujeres. Era como una versión puta y maliciosa de aquella chica quinceañera que se encaprichó con un hombre que le doblaba en edad y experiencia. Estaba preparada para el segundo round. Porfió con fuerza y listeza, aprendió a jugar sus cartas. Entendió que lo que tenía entre sus piernas podía matar, esclavizar y sodomizar.

Lo primero que hizo fue hacerse pasar por celestina, fingió buscar la reconciliación entre su hermana y él, más sin embargo, quería resarcir el daño que aquel joven le hizo con su indiferencia y, por sobre todas las cosas, conmiseración.

***

 En cambio su hermana tenía una historia un poco diferente. Perdió su virginidad con él a los quince años. Un día se dio cuenta de que su relación no llegaría a nada puesto que su novio era un ser sin aspiraciones y con ideas que no estaban a su altura. Se cansó y le cerró sus puertas, lo que vendría sería cuestión de tiempo; en algún momento la situación se volvería insoportable y explotaría, o él fallaría en algo y allí tendría la excusa perfecta para terminar con algo que desde hace tiempo estaba muerto.

Tenía  24 años cuando conoció a un profesor de postgrado, aquel hombre le cautivó desde el primer momento. A pesar de ser calvo, tener un pronunciado abdomen y piernas flácidas y huesudas le pareció atractivo. Lo que más le atraía era la diferencia de edad y su forma de hablar; esa manera tan espontánea y sencilla de explicar términos complejos sin parecer arrogante o pedante hacía que cayera en un estado ensueño que nunca había conocido y del cual no quería salir. Él tenía 45 años, era casado, padre de dos niños producto de su primer matrimonio y una niña de siete años fruto de la relación con la que fue su esposa por aquellos años. Ella no tardó en relacionarse intensamente; él casado y, para ese momento, ella sentía que su vida estaba atada a aquel taxista flacucho que financió sus estudios.

Su  primer beso fue en el estacionamiento de la universidad, años después, mientras conversaba con su hermana, recordaría la cara que puso aquel hombre cuando la vio el siguiente día de clases. Para ella fueron los mejores años de su vida.

Crearon una rutina, él la buscaba en el cafetín todos los martes a las 9:00 am; si ella estaba rodeada de amigos él se acercaba disimuladamente y le pasaba el lugar y la hora del siguiente encuentro escrito en una servilleta, cuando la encontraba sola le susurraba al oído palabras obscenas; esa era su invitación. Aquellas reuniones eran furtivas y estruendosas, muchas escenas tuvieron de fondo baños, aulas, cubículos, recovecos de la biblioteca, hoteles, ascensores, escaleras, su auto y estacionamientos. Ella en cierta oportunidad hizo esperar una hora y media a su novio mientras realizaba, en la oficina del educador, una magistral y agria felación. Su novio ni se enteró, sólo le recomendó un enjuague bucal para el mal aliento y le reclamó la tardanza sin indagar mucho en lo que hacía su querida. Pero no todo fue sexo. Hubo un tiempo en el que él estuvo acompañándola en la enfermedad de su madre y luego, cuando el cáncer disipó lo poquito de luz que irradiaba aquella luciérnaga, su bolsillo dispuso la logística para el entierro.

Y como todo lo bueno se acaba,  ella, a pesar de que en ese momento -ni después de muchos años- no entendió si fue por hastió o porque sobrevaloró el lugar que ocupaba en el corazón de aquel hombre, le pidió que se quedara con su familia porque ella no soportaba esa situación de constante engaño hacia sus hijos y su mujer. Tal vez esperaba una respuesta romántica y que él diera el primer paso para un futuro en convivencia, no obstante sobrevino un silencio que enterró, con todo y cruz, aquel amorío universitario.

Abandonó su postgrado. Dejó de verlo por 7 años. Contó los días y las noches tal cual un condenado los días faltantes para el fin de su sentencia. Durante ese lapso hubo amoríos, mas ninguno la colmó. Luego, más por desespero que por sentimiento y como no sabía de él ni de su vida, se mostró abierta ante otras posibilidades con resultados desastrosos. Lo extrañaba. En alguna oportunidad creyó haberlo visto en un banco, pero fue algo alífero. Nunca dejó de pensar en aquel hombre y de las cosas que le hizo sentir. Muchas veces quiso buscarlo y reiniciar, aun en contra de su dignidad, esa relación agridulce y excitante, pero temía al fracaso y más aún al éxito y todo lo que éste podría acarrear.

Lo cierto es que las cosas llegan cuando tienen que llegar y no siempre cuando uno las espera; un día viajaba con unos amigos a bahía de Cata, se detuvieron en Paramacay a desayunar y lo que encontró allí no lo podía creer; vio a su maestro desayunando en el mismo local en el que ella y sus amigos pretendían comer. Las piernas le temblaron, el corazón latía con fuerza, su vientre mariposeaba; no sabía qué hacer y, sin embargo, se armó de valor y sin pensarlo dos veces lo saludó; Dijo: ” hola profe a lo mejor usted no se acuerda de mi pero yo sí a usted”. Aquel hombre respondió: “Carajita cómo crees que me iba a olvidar de ti.”.

Fue un desayuno de reyes, o por lo menos ella aún lo cree así. Dejó a sus amigos partir y se quedó conversando con su instructor; allí, en ese humilde local, hicieron un resumen de sus vidas: él le contó que estaba nuevamente divorciado y ella le habló del incidente de su hermana y su novio de toda la vida, también de las consecuencias. El almuerzo fue en la habitación del hotel, allí estuvieron presente recuerdos; besos perdidos; algo de asco por esa sustancia ácida que, a pesar de que la hacía querer vomitar, la tragaba sin pudor;  dolor; mierda; sangre; gritos; gemidos; sudor y, ya entrada la noche, una extranjera que no sabía ni pizca de español y a la mañana siguiente pronunciaba a la perfección unas cuantas frases muy particulares y útiles en la vía pública. Estuvieron viéndose en secreto por unos meses hasta que un día la dejó plantada – sin motivo aparente-. Ese día ella lo llamó treinta y tres veces y cuando al fin atendió el teléfono expresó que la llamaría más tarde, ella esperó y nunca recibió respuesta; ni se atrevió a buscarlo.  Lloró, lloró y lloró. Perdonó a su hermana y ambas se convirtieron en confidentes, camaradas y madres de ninguno.

Después de 3 años él se le apareció. Estacionó su camioneta frente a su casa y esperó a que ella saliera. Una vez que logró encontrarla le dijo que  necesitaba hablar con ella, tenía más de un mes buscándola y no sabía dónde hacerlo. Ella nuevamente cedió, quedaron en verse. Se encontraron en uno de esos cafés atestados de gente culta, allí conversaron y recordaron, nuevamente, las anécdotas de la universidad. Al final de la cita él la invitó a su nuevo hogar, ella aceptó con gusto. Él vivía en un bote, no había pasado mucho desde su divorcio – le explicó que esa vez sí se había divorciado y que no era una sarta de mentiras para llevarla a la cama –  y le confesó la razón de su distanciamiento. No pasó más de dos semanas cuando ella intentó convivir con aquel hombre. En teoría tenían una relación estable, sin embargo ella, a pesar de que vivía en el bote, sólo lo veía cada quince días y no conversaban; sólo cogían en la mañana, cogían en la tarde con ayuda farmacéutica y volvían a coger en la tarde igualmente bajo la tutela de Phizer, por las noches también cogían con utensilios. Cuando ella exigió un poco más, él admitió no estar realmente divorciado sino en planes de divorcio. Ella aceptó sus explicaciones, mas después de dos meses de sexo, discusiones y más sexo, él le pidió que desalojara su bote porque la consideraba una malcriada y desconsiderada.

***

Lo conocí en la comisaría. Tuvimos la oportunidad de charlar un rato antes de que lo trasladaran. Estaba asustado, diría que cagado. Me preguntó qué le harían. Le dije lo que tenía que decirle: “Cuando menos lo esperes pasará, muchos dicen que es mejor no resistirse y pensar en algo bonito mientras sucede… de allí no vas a salir liso”. Al terminar la frase me marché, no sin antes notar que temblaba y se había meado. No era tipo mala sangre, sólo, y como todo el mundo, cometió algunos errores. Confesó que lo había hecho porque ella lo obligó. Es decir, no lo forzó a hacerlo, sino que lo anduvo tentando por largo tiempo hasta que él cedió. No le creí ni una pizca, tal vez porque, después de tantos años trabajando en juzgados, he descubierto que en esta vida no existen víctimas ni victimarios, sólo idiotas, idiotas con suerte y espectadores inútiles.

Durante algunos años vivió con su novia – la hermana mayor -, quien lo botó cuando se enteró del incidente con su hermanita. De joven ella –la menor- lo acosaba. Lo llamaba a diario, le enviaba mensajes, correo electrónico y cartas a su residencia. Un día él se hartó y le pidió una mamada. Contrario a lo que pensaba, la muchacha accedió y, para colmo, durante esa misma semana la hermana mayor lo aceptó como pareja. Hasta aquí no hay nada diferente a los culebrones televisivos. Él era feliz; se cogía a la mayor, la menor le hacía favores  y,  años después y en no pocas oportunidades, le pasó una manito a la suegra. Él sabía que en esa casa, la única con puerta azul en el barrio El silencio de Campo Alegre, todas estaban locas, el padre paralítico y un aire inusual impregnaba el ambiente. Pero no le importaba porque como ya he mencionado era feliz.

 Dijo que hubo un tiempo en que todo marchaba de maravilla, hasta que la menor de las hermanas se enteró que él se acostaba con la mayor. A pesar de no comentar el asunto y prestarse para ciertos encuentros, notó un cambio en aquella chiquilla caprichosa. Ya no era la niña que le enviaba poemas, flores y se lo mamaba de vez en cuando por “amor”, después de eso sólo cogía como una desgraciada; si no era con él, era con quien se le apareciera. Algo le decía que se estaba metiendo en un embrollo, sin embargo, no quiso salir porque era uno de esos tipos que piensan con el pene. Luego pasó lo del viejo:

            El tipo trabajaba en un criogénico, era ingeniero y ganaba bien. Un día alguien cometió un error, una tubería se desprendió de Dios sabe dónde, esta lo golpeó y le fracturó la columna. Si hubiera muerto, habría sido magnifico. Eso no sucedió, quedó en estado vegetativo hasta el día, después de muchos años, en que Dios se apiadó.

Durante esos años él era taxista. Ganaba lo suficiente como para pagar los estudios de ambas hermanas y colaborar en la casa de la suegra. El viejo recibía una pensión y la cuestión no era tan complicada. Todo se puso color de hormiga cuando empezó a pasarle la mano a la suegra y empeoró cuando la menor se enteró. A partir de allí ella comenzó, según él, con lo de sus fantasías sadomasoquistas. Le invitaba a que la “violara”, le decía que ese era su sueño. Los encuentros comenzaron a ponerse intensos, ella insistía en que la golpeara y, de vez en cuando, él lo hacía pero blandito. Esto arrechaba a la chica porque quería ser apaleada de verdad verdad. Él sabía que todas en esa casa estaban fritas, no le extrañó la actitud de la menor. La chica quería. Un día, mientras lo hacían,  se arrechó y le metió un coñazo en el rostro, le dejó un moretón que ella mostró con orgullo por varios meses. Una persona con tres dedos de frente se hubiese alejado, pero él apenas tenía uno. Quizás pensó que estaba loca, sí lo estaba, aún lo está, pero no de la manera en como él pensaba. Se dejó del asunto del sadomasoquismo por un tiempo, allí fue cuando ella empezó a provocarlo. Jugaba con él. Se paseaba en minifaldas, le mostraba sus atributos y lo seducía descaradamente, mas no aceptaba estar con él a menos que fuese una entera y brutal violación. Lo convidó a que llegase una noche con un pasamontañas puestos y la ultrajara. Él lo hizo en varias oportunidades, como bono la golpeaba cómo a él le daba la gana. Aunque él lo niega, era evidente que le gustaba.

 No sé sabe a ciencia cierta qué fue lo que pasó ese día, no estaba claro si fue una “violación consentida” o una violación real. El asunto fue que una noche él llegó borracho y violó como siempre lo hacía. Algunos dicen que se le pasó la mano, otros que la chica fingió. Lo cierto fue que ella terminó en el hospital y lo denunció. Durante su defensa él insistía en que ella pedía que la jodiera bien jodida, aun cuando le había fracturado dos costillas. Ella aseveraba, con lágrimas en los ojos, que le pidió que parara pero estaba como loco. Negó todo el asunto del sadomasoquismo y expresó que él acostumbraba golpearla. Varios de sus amigos declararon que constantemente ella se quejaba de la pareja de su hermana y no quería denunciarlo porque no deseaba dañar la relación. La madre expresó sus sospechas, mas no quiso intervenir porque su preocupación siempre fue su esposo paralítico. La hermana mayor parecía ser la única fuera de lugar en aquel gallinero, ni declaró. Al final, después de todo el show, la hermana menor terminó viéndose con un loquero una vez por semana y él fue enviado al centro penitenciario “La Pica” por diez años. Sólo había alguien que pudo haberlo salvado, mas sin embargo no podía y de poder no habría querido. Fue el testigo mudo e inútil de todos los hechos. Recostado sobre su cama, inmóvil e impotente escuchó como el hogar que construyó con sus manos se desmoronaba, los gemidos de su esposa mientras cogía en la habitación contigua con el marido de su hija, los gritos de su hija menor mientras era “violada” por el mismo cabrón y los llantos de la mayor por causa – pensó él – del mismo hijo de puta.  Él estudió, trabajó, luchó y perdió como nadie. Luego dejó de escuchar aquel cabrón y sintió un alivio. Tuvo una ligera mejoría, pero su esposa enfermó y murió a los pocos años. Después de la muerte de su madre sus hijas abandonaron aquel caserón que él con tanto esfuerzo construyó, se mudaron a un apartamento tipo estudio. Luego, en vista de lo complicado que resultaba atenderlo se las ingeniaron para enviarlo a un ancianato donde lo dejaban con el mojón en los interiores por horas y le daban de comer una vez al día. Tenía una mierda de vida hasta que sintió un dolorcito en su brazo derecho, y se alegró.

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