Una escena al estilo de Steven Seagal

Hay rumbas y reuniones. Las primeras son inolvidables y las otras pasan desapercibidas. En las reuniones no llega la policía; nadie se caga u orina en la sala ni encuentran a alguien cogiendo en un rinconcito oscuro; nadie le agarra una teta a la madre del anfitrión, menos le soban las nalgas a la novia del fisicoculturista o militar del lugar; nadie vomita sobre las tetotas de la chica más buena de la fiesta ni los vecinos van a pedir que bajen el volumen de la música. Siempre se habla de las rumbas donde  encontraron a un tipo mamándole los pechos a una chica embarazada y lactante. Entonces la rumba ya tiene un nombre: la rumba del mama teta.  O la rumba aquella donde un borracho se cagó sobre el mueble importado, además recién comprado, de la anfitriona. En cualquier caso siempre se evoca con cierta sorna y un aire de nostalgia adolescente. De allí que en algunas conversaciones se escucha:

– ¿Te acuerdas  del día aquel que fuimos a tal sitio y nos encontramos a fulanito de tal; el primo segundo del chamo que se orinó sobre la mesa de billar? –

-Ah sí, qué vaina más loca. Sí me acuerdo. ¿Y qué pasó con el pana? –

Pues ese tipo de diálogos son comunes entre quienes fueron a la rumba y pasan lo que llaman el “ratón” -eso no es más que una resaca al más puro estilo venezolano- en un café o panadería. Cuando se refieren a las reuniones dicen que estuvo bien, todo tranquilo. Pero nada más. No hay risas ni anécdotas ni nada. Las reuniones son magníficas cuando quieres invitar a tu jefe o a los padres de tu novia o cosas así. Tienen un aspecto más formal y maduro, generalmente se hacen con un fin específico; buscar un aumento salarial o un ascenso, mejorar las relaciones con el suegro o conocer a los vecinos. Las conversaciones giran en torno al trabajo, economía, política  y otras necedades. En cambio las rumbas no se planifican y su único fin es beber, beber y beber hasta la muerte. Allí se descubren secretos; muchos tipos salen del closet por unos instantes y todos los asistentes se enteran de las infidelidades . Eso ha aumentado en estos tiempos con la aparición de los teléfonos inteligentes; en la actualidad todo se sabe y, al mismo tiempo, nadie se entera de nada. Lo que en épocas anteriores pudiesen ser rumores infundados, ahora tienen pruebas contundentes con alta calidad de imagen y sonido. Pero, con todo lo que pudiese suceder, generalmente  se goza en las rumbas. A veces hay peleas, aunque no pasan a mayores; gritos a garganta seca de mujeres histéricas – siempre vociferan el nombre de uno de los contendores como si estuviesen cayendo por un precipicio -, botellas rotas, algo de sangre y corredera por todos lados. Eso sí, bastante adrenalina y , a veces, la presencia de algún policía trasnochado. No obstante, todo se soluciona casi de inmediato porque se está entre amigos. Posteriormente se evocan los hechos en esas conversaciones recurrentes de jóvenes cuarentones,  quedan como memorias adolescentes o de tiempos felices que no volverán. Con frecuencia se exageran los hechos para darle un aire rebelde y juvenil a los acontecimientos, como si los interlocutores quisieran hacer ver que ellos vivieron su juventud intensamente y no la desperdiciaron con horas de tedio frente al computador o viendo programas de tv repetidos – en algunos casos muy malos-. Pero esto es normal en todas las generaciones – supongo -.

En todas esas rumbas alguien debe realizar el trabajo sucio y siempre hay uno dispuesto. Ese es el tipo que nadie invita, pero nunca falta. Siempre es el amigo de fulano de tal que sí fue invitado y conoce a los anfitriones, pero se le ocurrió la gran idea de traer al amigo de un amigo o al primo segundo que vive en otro estado, pero llegó a pasar unas vacaciones con la familia. Este ser tiene sus segundos de fama. Aunque rara vez repite sus actos y, después de unos días, pasa al olvido para la mayoría de los asistentes. Sin embargo, queda como un héroe entre sus allegados; el tipo que todos admiran porque besó, en contra de su voluntad, a la chica más buena de la fiesta o que se cogió a la novia del cumpleañero en el baño.  Adquiere la denominación de “rata peluda o mierda”. Porque entre los jóvenes mientras mayor sea la metida de pata cuando se está borracho, mayor popularidad tendrá entre sus amigos. Si el personaje fue visto besándose en el baño con la novia del cumpleañero se le dice: “tú eres una rata peluda – o mierda – te estabas cogiendo a la novia del pana en el baño”. Pero el comentario no se hace en tono de reproche, sino con un aire de admiración y de chiste. El aludido siempre trata de negar los hechos, pero lo hace de manera tan conscientemente inepta que todos admiten el hecho – independientemente si es cierto o no -. Ese recuerdo queda guardado y siempre sale a relucir en las reuniones posteriores, cuando ya se ha superado esa época que se quisiera volver a vivir. Es común escuchar:

“En la universidad eras una mierda con patas. Todo el mundo la pasaba tranquilo y tú en el baño encerrado con la novia del pana haciendo no sé qué cosas malas.”

 Lo cierto es que a todos nos toca madurar, dejar esa vida y sentar cabeza. Ya sea  porque el cuerpo no aguanta tantas noches de insomnio y ron o establecer una relación de pareja con niños y perro labrador – lo que llamo sometimiento del lobo estepario-. Indiferentemente la causa llega un momento en que este ser para y cede el trono a otro borracho con el hígado en mejores condiciones. Eso no sucedió con mi hermano Martín.

Charlatán, parlanchín y mentiroso. Esas son las tres palabras que lo describirían. Él era uno de esos tipos que no servían para media verga, pero todos cuando lo recuerdan dibujan una sonrisa en el rostro. En un mundo gris él parecía fulgurante con su camisa ochentera, sus zapatos de goma, el pantalón roto  y su risa estruendosa. Era muy popular y todos y cada uno de los que lo conocieron tenían alguna anécdota de él. Asimismo un fiestero empedernido y cuentero como ninguno. Uno de sus mejores amigos decía que Martin era más falso que un billete de cuero, pero podías comprar un carro con ese billete y te alcanzaba para el almuerzo. Le mentía hasta al cura en el confesionario para no tener que rezar mucho, también tenía mala bebida. Tomaba hasta que el cuerpo no aguantara, incluso cuando yacía inconsciente parecía que pedía más ron. Sin embargo, con todo y su mala bebida, siempre lo invitaban a cumpleaños, bautizos, bodas y más. Hasta su novia, a pesar de que él le montó los cuernos con todo lo que se le atravesara, sonríe cuando lo nombra. Ella estudiaba medicina, sus padres eran dueños de una clínica y resultaba hermosa desde todos los ángulos. No sé qué le dio  mi hermano. Siempre que podía preguntaba qué le veía. A veces no respondía y reía, otras decía: “No sé. Me pregunto lo mismo cada vez que lo veo con ese peinado ”. Todos lo querían a su manera,  era lo que llamamos un caso aparte; el tipo malo que se roba los corazones y siempre es perdonado. Era como el cachorrito que después de manchar toda la alfombra con un producto altamente orgánico te mira con sus mejores ojos de tristeza y arrepentimiento. No era mal tipo, solo  tenía la manía de emborracharse como nadie y hacer toda clase de locuras en estado de ebriedad. Debe ser por eso que ella lo quería más que nadie, le perdonaba todas sus indiscreciones porque sabía lo que había en él. Sus locuras no eran muchas ni muy graves, sólo que olvidaba algunas menudencias cuando bebía, como que no debía agarrarle el culo a la novia del hermano de su novia el día de su boda. Recuerdo que él felicitó a su cuñado porque su novia tenía un culo durito y paradito. Lo primero que pensé fue que el tipo le daría su coñazo y tendría que llevarlo a urgencias, pero, para mi sorpresa, se echó a reír y le invitó unos tragos de tequila. Hasta cantaron rancheras abrazados. No estuvieron en ese peo toda la noche  porque la novia tuvo que llevarse a su esposo, literalmente arrastrado, para la luna de miel.

En la última rumba a la que fuimos todo estaba tranquilo. Nadie se había sobrepasado, uno que otro altercado pero sin consecuencias. Le tenía el ojo puesto para que no hiciera una de las suyas. Había prometido cambiar, pronto cumpliría 33 años. Él estaba preocupado,  temprano me confesó que a esa edad ya Cristo había resucitado muertos, caminado sobre el mar, convertido el agua en vino y él sólo fumar hierba y cogerse a una catirita de medicina. Nada bueno había hecho en su vida porque hasta el perrito callejero que adoptó se murió de diarrea a los tres días. También dijo que quería casarse con su novia, pero primero debía reventar todos los culos que se le atravesaran. No deseaba ser como esos cincuentones que, después de treinta años de matrimonio, se divorcian y se van a vivir con una quinceañera que le monta los cuernos y los chulea como es debido.  Esa noche bebíamos ron barato con Coca Cola, luego conversamos acerca de películas y otras pendejadas con unos amigos que llegaron a la reunión. A eso de las 3:30 am él empezó a hablar sin parar – como de costumbre-. Habló acerca de las películas que le gustaban. Se refirió acerca de una con Jean Claude Van Dame que le “partía el culo” y la había visto treinta y tres veces. En ella el tipo malo, en pleno combate a muerte, le echa un polvito blanco en los ojos y Jean Claude queda ciego. Entonces Jean recuerda su entrenamiento híper arrecho en un país oriental con un maestro japonés muy estricto. Allí le enseñaron a pelear con los ojos vendados y a utilizar sus otros sentidos para determinar la posición de su adversario. Con el sonido que hace el viento al rozar la piel de su oponente Jean Claude pudo prever sus movimientos y derrotarlo. Claro, él habló con su peculiar estilo que a todos nos encantaba; gritos, movimientos inventados de karate e imitaba a la perfección el rostro de Jean Claude al momento de aplicar el golpe fulminante a su contrincante – con todo y grito y mirada de ciego-. Uno de nuestros amigos era gordo, entonces mi hermano le levantó la franela e hizo su imitación del golpe fulminante en cámara lenta; nadie paraba de reír, hubo un tipo que carcajeaba dando tumbos en el suelo. Mi hermano en sus movimientos casi rompe un jarrón, pero decir “casi” no es lo mismo que decir “lo rompió” y, en su momento, fue un alivio porque según el dueño era un jarrón chino de la dinastía Wuang o Ming o lo que sea, pero muy valioso. Siguió hablando, dijo que le gustaban las películas ochentonas y recordó las de Steven Seagal. A él le encantaba esa vaina que realizaba el actor, aunque nunca fue a un Dojo o practicó algún deporte. Decía que se veía tan elegante la forma en que le pateaba el culo a los malos, no paraba de decir que “Eso era matar con estilo”. Lo único que no le gustaba era que no usaba las piernas, él afirmaba que si ese actor hubiese usado patadas voladoras sería más famoso que Chuck Norris o Bruce Lee. Fue allí cuando vi en sus ojos esa mirada loca. Supe que haría una de las suyas, como cuando se bajó el pantalón y se cagó en plena sala porque no se aguantaba. Pude preverlo, pero no reaccioné. Continuó hablando, dijo que en las películas de Steven nunca faltaban dos cosas: fracturas y lanzar a alguien por una ventana. Entonces corrió como loco por la sala. Empezó a imitar movimientos de Steven Seagal y todos reíamos. Inmediatamente se lanzó por la ventana. Él era un tipo al que se le olvidaba todo cuando tomaba. A veces me preguntaba qué había hecho la noche anterior, después, cuando uno le contaba, se halaba los cabellos y decía que no bebería más nunca. Al rato reía y expresaba: “Qué vaina más loca ¿En verdad hice eso?”. Preguntaba cualquier necedad y volvía a ser el mismo de antes porque nunca se daba mala vida por las cosas que hacía borracho, tampoco en sobriedad. Su lema era: “Cuando un problema tiene solución, soluciónalo. Cuando no la tiene, no te des mala vida y tómate una cerveza”. A mi madre le molestaban dos cosas; esa forma de pensar y  sus travesuras, pero él la contentaba con un chocolate y una de sus serenatas con su guitarra desafinada. Era como un niño grande. Con ella siempre fue cariñoso, una que otra vez falta de respeto; a veces, cuando la veía ocupada, le agarraba las nalgas y decía: “Ese culo está sabroso” o “uf, lo que se goza el viejo”. Mi madre le lanzaba lo primero que encontraba a su alcance y le gritaba toda clase de improperios, pero él reía y corría. Era demasiado payaso, nadie podía estar molesto con él por más de diez minutos. Mi padre había perdido la esperanza con él cuando dejo la escuela de oficiales. Cuando estaba en la academia era su orgullo, no dejaba de hablar de lo bueno que era Martín. Decía que su hijo haría un golpe y tumbaría el gobierno o que llegaría a general porque era muy disciplinado. No obstante, el día que le informaron que se había dado de baja, mi padre se mostró triste y no dijo ni una palabra. Martín con el tiempo se disculpó con el viejo y mi padre entendió que sus sueños no tenían que cumplirlos Martín ni yo. Una vez dijo: “Lo que no se pudo, no se pudo, hay que dejar que los niños escojan su camino”. El viejo aprendió a querer a su hijo tal como era y siempre lo acompañaba cuando necesitaba reparar el carro o lo apoyaba en esos negocios de empresario emergente – todos resultaron ser grandes fracasos-. Ellos tenían muchas cosas en común; eran fanáticos acérrimos de los Leones del Caracas, les gustaba la mecánica y bebían de la misma forma. Nunca llegué a beber con mi padre porque le tenía mucho respecto, en cambio Martín una vez trajo a mi papá rascado a la casa, lo tiró en el sofá de la sala y se fue a continuar con su rumba. A pesar de que mi padre lo aconsejaba con tanta paciencia y cariño él no cambiaba; era débil ante la bebida y no se hacía responsable por sus actos, eso era triste porque era una persona muy inteligente y culta. Lo de él era anormal, bebía como si el mundo se fuese a acabar después de la rumba. No le importaba nada.  Mientras lo hacía era común que preguntara dónde estaba o en casa de quién, la mayoría lo tomaba por un chiste porque se veía demasiado gracioso cuando lo hacía. Era tan mentiroso y mamador de gallo que nadie sabía si hablaba en serio o era una de sus bromas.  Esa noche hizo lo mismo, todos reían con sus chistes, incluso cuando se lanzó por la ventana, por segundos, se escucharon risotadas. Reventó el vidrió y salió volando como en las películas ochenteras de Steven. Pero, como ya he mencionado varias veces, a él se le olvidaba todo cuando bebía; Martín no recordó que estábamos en un penthouse.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s