Enfermo

Estoy enfermo. No cómo comúnmente se entiende. Me refiero a que puedo caminar, bailar, comer, beber, jugar y todo lo que una persona saludable hace. Sin embargo, y muy a pesar de todo, puedo afirmar que estoy bien jodido. Pues conozco mi cuerpo, y así como cuando un mecánico infiere las fallas en un auto tengo la certeza de que algo no está bien en mí. Estoy casi seguro. Aunque mis síntomas no se ajustan a una afección en particular – Sida, cáncer, dengue, malaria o, incluso, gripe – insisto en la idea de que algo no está bien. Corrijo: nada de nada está bien; podría morir en cualquier momento. Eso me aterra pues tengo 4 niños que mantener y una mujer que es una luchadora incansable, mas sin muchas luces lo cual es muy preocupante. Pues una persona trabajadora sin cerebro es como un toro en una corrida y no la quiero dejar sola en la batalla.

La enfermedad podría asesinarme en un segundo, o en menos. No matarme directamente, sino desencadenar mi muerte. Es decir; no moriría propiamente por efecto de la enfermedad, sino que su principal síntoma sería lo que promovería un accidente que si bien no podría acabar con mi vida, sí dejarme paralítico o en estado vegetativo. Esto me ha hecho entender que hay cosas peores que la muerte, eso aumenta mi temor.

Comencé a padecer esta enfermedad  desde mi adolescencia. El primer ataque lo atribuí al cansancio, resultó sencillo llegar a esa conclusión debido a las peculiaridades de mi afección. Sin embargo, aun habiendo descansado se repetían mis achaques. Los episodios eran repentinos y tardaban no más de cinco minutos.  No podría describir los síntomas tal cual lo haría un médico, sólo sé que  me empezaba a sentir más fatigado que de costumbre. Seguidamente un hormigueo recorría mis piernas. Luego una sensación de debilidad me hacía cabecear y convertía mis parpados en plomo. Al final caía rendido. Eso era, caía dormido de un tajo. No importaba cuándo ni dónde; en la mañana sentado en el bus; a la hora de almuerzo en el trabajo o por la noche, de regreso a casa. Caía como un costal de harina. Esto resultaba ser peligroso porque, aunque no llegó a suceder, si me quedaba  dormido de repente podría hasta matarme.

En la actualidad mi trabajo es de alto riesgo; soy chófer de un montacargas. Un descuido podría terminar en desgracia. Por suerte no ha sucedido, debo tener un ángel protector muy eficiente. Y, sin embargo, no puedo abusar. Por eso busqué ayuda profesional. No de manera voluntaria, sino por insistencia de mi esposa. Y después de dar tumbos en varios hospitales, terminé en manos de dos especialistas.

No sé en qué área de la medicina ejercen, pero tengo entendido que es bien complicada y una de las más difíciles. Incluso, ambos doctores, habían estudiado en el exterior y son reconocidos por muchos de sus colegas como pioneros en su rama. El primero se apareció en mi casa días después de que un colega le mencionó, a forma de sorna, que un paciente llegó a su consultorio nervioso porque dormía demasiado. Su nombre era José Rengel. De mediana estatura, tez morena, con rasgos de afrodescendiente y bigotudo. Él, después de realizar una cantidad no muy limitada de exámenes,  presumió que era narcolepsia. Para el momento en que mencionó la enfermedad no sabía de qué se trataba, pero resultó que todo se acoplaba a tres de los cuatros síntomas que describían la enfermedad. El primero de ellos era la somnolencia diurna; me daba, y aún me da, por dormir en todos lados y a todas horas. El segundo me costó entenderlo, cataplexia; eso era cuando tenía episodios breves de pérdida bilateral del tono muscular. En otras palabras; cuando me sentía débil. El tercero era el que no se ajustaba a la definición de la enfermedad. Eso sembró dudas y fue la razón por la que me refirió a otro doctor con más experiencia en el área. Lo llamaba Alucinación hipnogógica. Y el último sí lo había experimentado, la parálisis de sueño. Eso pasa cuando uno se levanta y no puede moverse. Estás despierto y consciente de todo lo que está a tu alrededor, sin embargo, no puedes mover ni un músculo. Irónicamente eso fue lo que trajo al primer especialista. Mi esposa notó lo que me sucedía y fue quien me persuadió en ir al médico.

El segundo doctor se llamaba Carlos Gomes. No Gómez, sino Gomes porque él era de una familia europea donde el Gomes era un apellido común. Lo que más recuerdo de él era que tenía una pronunciación casi perfecta del castellano, incluso articulaba las groserías con cierta elegancia. Era un tipo alto y de apariencia fornida, sin embargo, cuando uno detallaba sus movimientos percibía la ausencia de ejercicio físico y entendías que esa apariencia era heredada mas no trabajada. A todas estas era un tipo apacible y cordial, de mirada pasiva y rasgos eminentemente sajones. Siempre se mostró cauteloso y agradable, tal cual la personalidad de alguien culto. Después de realizar algunos exámenes y consultar con otros de sus colegas en el exterior determinó que mi trastorno era único en el mundo.  Claro, con el tiempo comprendió que mi dolencia es muy común en Venezuela. La llamó narcolepsia selectiva y es la causante de que algunas personas, ya sean ancianos, lisiados , mujeres embarazadas o con niño en brazo, permanezca de pie en un bus atestado de pasajeros. También, con menor frecuencia, cuando esas mismas personas están en estaciones de trenes, oficinas, aeropuertos u hospitales. En todos los casos, tendrán que permanecer de pie porque la narcolepsia ataca a los jóvenes y cada vez que se monta un anciano en un bus, todos sufren ataques repentinos. Y es por eso que no le ceden el puesto.

Fin

Roberto Araque.

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