Inmortal

Aun después de ese instante, inclusive segundos antes, no hubo caricias ni miradas ni palabras ni silencios. No hubo nada. Todo se limitó a una sonrisa mal pagada y al zumbido del aire que zarandeó las cortinas al trancar la puerta. Su cuerpo yacía sobre la cama, sudoroso, casi virgen y extenuado. Las sábanas, testigos húmedos de lo que fue todo menos amor, saborearon por pocos instantes el néctar de lo que en su tiempo era un cuerpo frágil, gracioso y ligero. Luego, con la serenidad de una pluma que flota libre y sublime sobre un trigal, se levantó. Preparó el terreno; retocó sus labios, enjuagó sus muslos, limpió su vientre, acarició y elevó sus colinas, reacomodó su cabellera y se atavió transparente.

Frente al espejo estaba un monumento. Vistió la pijama cual paladín escudo y espada; posó sus pies sobre tacones -que bien podrían simular un corcel negro- y abrió la puerta a un mundo de música, risas y baile. Tras el dintel se veía la figura de una diosa andante que dispuesta a luchar contra demonios y dragones sonreía; no le importaba pues era de las más antiguas en una profesión milenaria e inmortal.

Roberto Araque

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