EL TERCER DÍA DE DANIELA

El primer día llamó a las 4:00 a.m. Estaba muy alterada, no me dejó hablar. Apenas atendí, expresó estar harta. Su marido la tenía cansada, pues era un bebedor, mujeriego, vividor y la golpeaba cada vez que le daba la gana. Asimismo, y para colmo de males, me contó que lo echó de la casa porque intentó violar a su hija mayor. El padre de la chica, o el que presumía ella, aún no la reconocía, y eso era algo que contaba con cierto resentimiento cada vez que nos veíamos. En cambio el hombre de quien hablaba deseaba reconocer a todas sus hijas, mas no las miraba con ojos de padre amoroso. Después de unos minutos reventó en llanto y colgó.

El día siguiente llamó a las 9:00 a.m. Estaba un poco más calmada. Parecía haber reflexionado. Su tono de voz era como el de una persona que estaba dispuesta a cambiar su vida. También intuí que no había dormido. Esa vez me dejó hablar. Le pregunté qué había pasado. Respondió que denunció a su cónyuge. Fue a la fiscalía, allí recibió ayuda. Hasta un abogado se comprometió en su caso; le daría asesoría legal gratuita. De igual forma expresó que una mujer debe valorarse y bajo ningún motivo debe permitir que abusen de ella, la engañen o la humillen. Además, comunicó que saldría adelante sin ayuda de nadie, porque era una mujer inteligente, joven y de guáramo. Entendía que había cometido errores, pero sus hijas no pagarían por ello. Después de varios minutos se despidió porque se le acababan los segundos libres, agradeció que la escuchara y se disculpó por las molestias causadas.

El tercer día llamó a las 6:00 a.m. La encontré como siempre: alegre y despreocupada. Hablamos temas diversos, sin embargo, me preocupaba lo que había ocurrido días antes. Pregunté en qué había quedado con el asunto de su cónyuge. Respondió que todo se había resuelto, pero necesitaba un favor mío. No quise negarme, propuse encontrarnos al día siguiente, no obstante insistió en que nos reuniéramos dentro de un par de horas. Y así, como en la resurrección de Cristo, nos encontramos el tercer día cerca de la panadería que está frente a la plaza Bolívar. La vi como nunca antes, estaba preciosa y con un aire quinceañero que me hacía olvidar que era una mujer con cuatro niñas de dos padres, desempleada y sin terminar el bachillerato. Llevaba un vestido café, tacones y una carterita muy delicada. En su rostro no había rastros de maltrato, aunque cargaba uno de esos lentes que están de moda; enormes y cuadrados, ocultaban la mitad de su faz. A pesar de que parecía estar alegre noté que en sus ojos, una vez que se quitó las gafas, había algo de nerviosismo y miedo.
Al terminar el café, caminamos por la avenida. Me preguntó acerca de mi vida como escritor. Dijo que había leído todos mis cuentos y esperaba que no la olvidara. Me reí, ella parecía estar muy entusiasmada. Recordamos viejos tiempos; de cuando éramos amigos en bachillerato y de los errores que se cometen en esa época. Por primera vez en toda la mañana se mostró triste. No quise ahondar en la herida, sin embargo, quería saber cómo había solucionado su problema. Su rostro tomó un semblante oscuro y dijo:
-Necesito que me prestes cinco mil bolívares, para pagar un abogado. Te los regreso pasado mañana.
Nunca los devolvió. Nunca volvió a llamar. Lo que hizo fue enviar a su hija con su abuela por una temporada que resultó ser toda una vida.

Fin.

Roberto Araque

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